MÉXICO, D.F.— Eran jovencitos de la calle, grafiteros, vándalos, desertores de las aulas; hijos de familias desintegradas, perseguidos por policías… pero su pasión por la pintura los llevó a ser hoy la esperanza del renacimiento del neomuralismo mexicano: son los nuevos "Diego Rivera".
"Estos chicos son nuestro gran esfuerzo para revivir el muralismo en el Siglo XXI: es necesario retomar lo que hicieron nuestros pintores revolucionarios en la década de 1920", afirma Guadalupe Rivera Marín, hija de Diego Rivera, el mítico pintor y activista político que llevó a los muros públicos su obra de contenido social.
Esta mujer de 84 años que dirige actualmente la fundación que lleva el nombre de su progenitor esperó décadas para encontrar talento, conciencia social y ánimos de mejorar el panorama estético de las marginadas comunidades en el Distrito Federal, donde localizó a sus protegidos, una docena de muchachos que apenas pasaron la adolescencia.
Llegaron a los talleres del maestro Julio Ferra, un muralista que apoya la Fundación Diego Rivera, por diversos caminos: unos de manera fortuita; otros en una búsqueda intensiva de campo que hizo el veterano pintor en la delegación Álvaro Obregón, una de las zonas de mayor polaridad social, ubicada al sureste de la Ciudad de México.
Entre las barrancas, basureros, narcomenudistas y viviendas en obra negra de las colonias "bravas" de la zona, Ferra encontró hace un par de años a Octavio Martínez, quien entonces tenía 17 años de edad.
Llamó su atención porque dibujaba personajes, a plena luz del día y con la aprobación de la dueña de la vivienda; un caso opuesto a las costumbres locales, donde los chicos sólo hacen letras en grafiti, por la noche y a hurtadillas de los propietarios de los muros y la Policía.
"Un amigo, su hermano y yo hicimos un mural en su casa para que se viera más bonita, y luego convencimos a otras señoras vecinas para que compraran pintura y nos dejaran hacerles paisajes o lo que ellas quisieran, gratis", recuerda Octavio sobre sus técnicas de seducción artística con las que convenció a por lo menos 30 mujeres.
Las intenciones de mejorar la imagen urbana, además de su talento, le dieron un pase directo al proyecto de revivir el muralismo de Rivera (1886-1957).
"Se trata de cambiar el entorno en el que viven y luego hacer de ellos unas figuras relevantes en el arte del futuro en México, a través de una escuela que les enseña primero lo básico: perspectiva, anatomía, color, historia del arte, estética… y después enviar, a través de la pintura, un mensaje para la sociedad", señala Ferra.
Para esta última misión vio una semilla en Gonzalo Ramírez, un muchacho de 21 años que actualmente tiene en su currículum una de las obras más complejas del muralismo de su generación: Edúcate, creada en una pared de dos metros en técnica de pintura vinílica con disco para relieves de piedra, en un jardín de niños de gobierno.
Fue casi un milagro. Gonzalo había dejado sus estadios de preparatoria para poder alimentarse buscando trabajo en el lado rico de Álvaro Obregón: el de las calles empedradas, museos, casonas, plazoletas y restaurantes de lujo de la colonia San Ángel.
Encontró espacio en oficios de albañilería, herrería y carpintería, pero éstos no le dejaban tiempo para dibujar, su gran pasatiempo; por lo que después de años de frustración tomó el toro por los cuernos y fue a solicitar trabajo como "pintor- artista" en la delegación.
"Era una locura, pero yo estaba desesperado, a la deriva", dice Gonzalo para resumir su suerte, que dio un giro de 180 grados cuando en respuesta a su excéntrica petición le sugirieron una beca que impulsara su carrera.
"No se buscó revivir el muralismo antes porque el arte había cambiado mucho y a la gente joven no le interesaba esa corriente de pintura que impulsó mi padre Diego Rivera. El interés había desaparecido prácticamente; sin embargo, en estos años me di cuenta que era momento", señala Guadalupe.
¿Cómo lo supo? Una mirada por los barrios de la delegación Álvaro Obregón fue la respuesta: cientos de miles de insignias en grafiti en pelea por un espacio, una luz para los creadores desperdigados por las calles sin ninguna formación artística, huyendo de la represión policiaca (el reglamento citadino prohíbe pintar en espacios públicos).
Alejandro Cortés, un joven de 18 años que vive con su padre, fue uno de ellos: el primer día que salió a "grafitear" con un colega, un par de policías le cayeron a palos, lo lanzaron contra el muro sobre el que vaciaría el aerosol y le quitaron los pantalones.
"Mi amigo ya no quiso volver a salir, pero yo sí: siempre quería ser de los primeros de la colonia en agarrar una pared y hacer de ella lo que me diera la gana", dice Cortés, quien finalmente encontró lo que buscaba en la Fundación Diego Rivera.
"Tenía varios años buscando un curso gratuito porque no tenía dinero, pero nunca la encontraba, hasta que un día por casualidad lo vi en el periódico".
A pesar del perfil marginal de los alumnos del neomuralismo, el maestro Ferra aclara que la condición socioeconómica de ellos es una mera casualidad, pues la intención no está relacionada con el estatus social, sino con la idea de hacer una escuela internacional de muralismo mexicano.
De hecho, están estableciendo algunos convenios con escuelas de arte estadounidenses para hacer intercambio de maestros y alumnos, mientras en México buscan que los nuevos muralistas expandan su obra por todo el Distrito Federal.
"Se trata de que nada obstruya el talento de estos jóvenes: ni la falta de recursos económicos, ni de asesores o espacios, aunque sinceramente no creo que algo los detenga: son ya una bola de nieve que va descendiendo, arrasando todo a su paso", concluye Ferra con esta metáfora.