TIJUANA, México.- La historia de "El Toro" Quintero es como aquella canción que Vicente Fernández hiciera famosa: "La Migra a mí me agarró, trescientas veces digamos, pero jamás me domó, a mi me hizo los mandados, los golpes que a mi me dio, se lo cobré a sus paisanos".
"Pues no fueron 300, pero sí un chingo, fácil unas 15", cuenta Benjamín "El Toro" Quintero de cuando solía cruzar a Estados Unidos, allá por la segunda mitad de la década de los 80, brincándose el cerco fronterizo para ir a protagonizar peleas de box a Las Vegas y a Los Ángeles.
El no tener pasaporte no le impedía ir a "los yunáites" para darse de trompadas en el cuadrilátero con quien le pusieran.
"Me pagaban de 2,000 a 2,500 dólares por pelea, pero como no tenía papeles, pues me cruzaba de ilegal, la primera vez pagué un pollero, pero después yo fui sólo, ya me la sabía".
De la camada del pugilista Julio César Chávez, de hecho fue esparring del campeón mexicano de 1976 a 1980, "El Toro" Quintero peleó en siete ocasiones en Estados Unidos. En todas cruzó como indocumentado, pero nunca se quiso quedar en el lado gabacho.
"Es que aquí (en Tijuana) tenía a mi familia, mis hijos estaban chiquitos y el dibujo que yo tenía del otro lado era de que había mucho racismo", dice el ex boxeador mientras entrena a unos chamaquillos en el Gym de Box y Lucha Libre Jesse.
En ese gimnasio, ubicado en el bulevar Cucapáh de una colonia en la periferia de la ciudad, desde hace cinco meses, cuando le robaron el taxi que manejaba y por lo que se quedó sin trabajo, "El Toro" Quintero empezó a entrenar a niños en el deporte de los puños.
"Para que no anden en la calle y no caigan en las drogas, la idea es fomentar el deporte", comenta entusiasmado aunque por ello sólo le paguen 300 pesos (unos 23 dólares) a la semana. "Pues ahí nomás, para la comida", dice.
Las veces que las autoridades de inmigración lo detuvieron, cuenta que fueron muchas las humillaciones que le hicieron pasar. "Una vez me hicieron que me tragara mi propia saliva cuando escupí en el suelo, eran bien cabrones, y me querían deportar por Mexicali para que batallara más".
Por eso cuando subía al ring se las cobraba con todo a los gringos que le pusieran. "Una vez le gané a un negrito, tuvieron que parar la pelea", presume de la golpiza que le puso al estadounidense.
El 21 de septiembre de 1985, recuerda muy bien la fecha como todas las demás de sus enfrentamientos, cuando iba a pelear en la función en que Larry Holmes era el estelar y Julio César Chávez completaba la cartelera, lo detuvieron tres veces cuando cruzaba la frontera.
"Ya hasta la cuarta pude cruzar y llegue a tiempo a Las Vegas para la función en el Hotel Riviera".
Duro golpe
Benjamin Quintero Munguía nació el 2 de febrero de 1961 en Culiacán, Sinaloa, pero en 1984 llegó a Tijuana para probar fortuna, y aunque ha sufrido varias caídas por los golpes de la vida, se ha levantado con los puños en alto y listo para el siguiente asalto.
"Me ha ido mal, primero en el boxeo me hicieron a un lado, no me apoyaron, tuve un problema con el entrenador (Ramón "Zurdo" Félix) y me mandó picar un ojo durante un entrenamiento, ahí me lesionaron el ojo".
En una ocasión de las que peleó en Las Vegas, dice que conoció al boxeador Sugar Ray Leonard, quien le ofreció ayuda económica para operarse el ojo, pero los doctores no quisieron tratarlo porque ya había pasado mucho tiempo y la operación no le serviría de nada.
Pero eso del ojo no es nada en comparación con el golpe más duro que ha recibido, que fue cuando hace un par de años le mataron a su hijo Juan de Dios, un crimen que la Procuraduría de Baja California aún no ha resuelto.
"Ahí si me noquearon… de ese golpe aún no me he podido levantar", dice mientras los ojos le brillan por las lágrimas que se le quieren salir y se las aguanta.
"Esto es lo que me mantiene fuerte", señala a los niños que golpean el costal y la pera. "Porque estos morritos son buenos y merecen algo mejor, por eso le estoy poniendo muchas ganas, para sacar un buen peleador, con el anhelo de que alguno de ellos salga adelante y que por lo menos no caiga en las drogas".
Considera a Julio César Chávez como el más grande boxeador mexicano de la historia y a su propio sobrino, Marvin "Cachorro" Quintero, como una verdadera promesa del cuadrilátero.
"Nada más que en el boxeo hay mucha transa, depende de cuánto tienes es cuánto te apoyan, porque hay boxeadores muy mediocres que los ayudan y hasta campeones los hacen", dice este hombre de rostro duro y arrugado que a sus 48 años se mantiene en forma.
A pesar de todas las adversidades y de los duros golpes de la vida, "El Toro" Quintero, quien finalizó con un récord de 34 peleas ganadas y 14 perdidas, con 18 nocauts a su favor; actualmente se dedica a entrenar a niños en un humilde gimnasio de box con la esperanza de que salgan adelante, para fomentar el deporte y alejarlos de las drogas. Pero sin dinero y apoyo, es difícil.