Nadie a estas alturas sabe a ciencia cierta si la crisis de los mercados financieros será pasajera o si va a prolongarse por mucho tiempo. El hecho es que la época del crédito fácil se acabó, sea para comprar un carro nuevo o expandir una empresa.
Antes se prestaba a cualquiera, independientemente de su solvencia financiera; hoy le resulta difícil obtener un crédito aun a empresarios que ostentan un puntaje o un historial crediticio impecable.
Es difícil saber hacia dónde se encamina el sistema crediticio, explicó Milken Barr, analista financiero principal de Milken Institute en una entrevista telefónica, esto a cuenta de realidades como el elevado desempleo, especialmente en estados como California.
"Las personas sin trabajo tienen problemas para pagar sus deudas, el mercado de bienes raíces no se encuentra en buena forma, la insolvencia va en aumento", dijo. Aunque han surgido algunos signos positivos en la economía,explicó, nadie espera que las cosas retornen, al menos no en el corto plazo, a donde se encontraban antes del estallido de la burbuja inmobiliaria.
Las instituciones financieras se hallan, según él, entre la espada y la pared. Al mismo tiempo que se esmeran por apuntalar su propia posición, bregan con una enorme cantidad de préstamos "tóxicos", es decir, aquellos con alto potencial de insolvencia. En estos momentos, debido al fiasco de las hipotecas subprime y a las nuevas regulaciones federales, no es tan fácil que los bancos titulicen o empaqueten deuda fresca.
La titulización de préstamos hizo posible que los bancos revendieran paquetes de hipotecas a los inversionistas e instituciones finacieras. Esta práctica parecía tener sentido cuando el mercado inmobiliario —y los precios de las casas— continuaban inflándose, pero ahora nadie quiere adquirir títulos de préstamos, especialmente hipotecas de bienes raíces, por temor a quedarse en las lonas.
La congelación del crédito ha impactado especialmente a las pequeñas empresas, que usualmente echan mano de las tarjetas de crédito para adquirir capital, una vía que prácticamente se ha cerrado hoy con la adopción de requisitos más estrictos por parte de las compañías que las expiden.
Richard Wolff, un economista de la Universidad de Masschusetts, y autor del libro Capitalism Hits the Fan (El capitalismo se estrella contra el ventilador) rastrea la actual crisis financiera hasta los 70, cuando según él los salarios de los trabajdores estadounidenses dejaron de crecer y éstos empezaron a prestar insaciablemente para poder vivir el "Sueño Americano".
"Cuando la Gran Depresión empezó, la deuda promedio de una familia en este país oscilaba entre el 25% y el 30% de sus ingresos anuales; hace dos años, en 2007, la deuda promedio escaló a 125%", afirmó.
La titulizacion de préstamos, dijo, no fue sino la fórmula mágica de los bancos para poder seguir prestando. Al repaquetar y revender los préstamos en todo el mundo, los bancos estuvieron en condiciones de obtener más dinero a bajo interés para, a su vez, continuar prestándolo a intereses más altos.
"La titulización se ha convertido, particularmente en los últimos 10 años, en el recurso esencial de los bancos para obtener dinero que luego prestan a la familia del barrio que usa su tarjeta de crédito", según el economista.
Pero la fiesta se acabó. Después de la debacle financiera las compañías de crédito cerraron el grifo y "millones de propietarios de tarjetas reciben en el correo cartas explicándoles ‘Vamos a reducir su línea de crédito de un máximo de cinco mil a dos mil dólares’’’, acompañando ello con la subida de los intereses y los recargos, dijo Wolff.
"Los préstamos siempre se contraen cuando hay contracción económica", explicó Dean Baker, codirector del Center for Economic Policy and Research (CEPR). Se relajaron demasiado antes de que la economía cayera y ahora se han puesto muy estrictos.
Sin embargo, el economista no cree que el cuadro del mercado financiero sean tan gris como lo pintan. Aunque para los pequeños empresarios se ha vuelto más difícil obtener créditos, señaló, las grandes compañías siguen obteniéndolos.
Incluso piensa que si en algún momento fuese nececesario aplicar otro plan de rescate financiero —como el que fue aprobado por el gobierno federal el año pasado, que es conocido por sus siglas TALF—, debiera apuntar a ayudar a los bancos pequeños.
"Pero no estoy convencido de que se necesita otro programa adicional de ese tipo", afirmó.