El líder saliente deja al país sumido en una gran crisis económica y con su popularidad por el piso, porque el pueblo lo considera culpable de lo sucedido. [Foto:AP]
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Una de las primeras imágenes que muchos recuerdan de la presidencia de George W. Bush es la foto en la que, parado sobre los escombros de las Torres Gemelas, megáfono en mano, abraza con la otra a uno de los bomberos que habían trabajado por días en los rescates tras el devastador ataque terrorista del 11 de septiembre.

La popularidad de Bush, en aquel entonces, estaba por todo lo alto. Su manera de hablar directo al pueblo, su promesa de que quienes habían humillado a Estados Unidos y matado a miles de inocentes sería vengada y la sensación de que hacía falta la unidad en torno al comandante en jefe le ayudaron a subir hasta casi el 80% de popularidad en las encuestas.

Una de las últimas imágenes que se recordarán, sin embargo, es la de aquel periodista iraquí lanzando zapatos contra un Bush envejecido, ya casi al final de su mandato y vadeando el mal olor del pantano en el que cayó su popularidad: alrededor del 30%, el más bajo en la historia.

Entre esas dos imágenes hay más de siete años, y más escándalos, errores , malos cálculos de los que era posible imaginar cuando George W. Bush lanzó su campaña para, según decía, "restaurar la integridad a la Casa Blanca". Una integridad que, según muchos, había sido comprometida por Bill Clinton y sus pecadillos sexuales, así como sus mentiras bajo juramento de que "nunca tuvo relaciones con esa mujer, Miss Lewinsky". Pero Clinton había dejado un país próspero, con un superávit presupuestario de 128,000 millones de dólares y un nivel de desempleo del 4%. Clinton había presidido sobre años de desarrollo económico, y había reducido el promedio anual de ese indicador, que superaba el 7% en 1992, cuando tomó la Oficina Oval.