Hace 13 años el relleno sanitario López Canyon, en Lake View Terrace, dejó de funcionar, pero los desechos que ahí se acumularon durante 21 años afectaron la salud de los niños Ashley y Carlo.
"Desde que llegamos aquí se enferman mucho", comenta su madre Juana Díaz, originaria de Puebla. "Les sale mucho moquito de la nariz, todo el tiempo están así. Les da como alergia", explica.
Los pequeños jugaban despreocupados en un parque, localizado a unos pasos de la entrada de este lugar que cerró sus puertas en 1996. Desde entonces sólo procesa desechos naturales y convierte en energía las emisiones de gas metano generadas por la descomposición de la basura.
A menos de cinco millas, en Sun Valley, se planea construir una planta de reciclaje y recibir más residuos de jardinería, todo a un costado del relleno sanitario Bradley, que cerró en 2007 tras 68 años de funcionamiento.
Y en Sylmar, a siete millas de distancia, opera sin contratiempos el centro de recolección de basura Sunshine Canyon, con capacidad para 11,000 toneladas diarias, las cuales recibe de distintas ciudades del condado. La fecha de clausura: el año 2020.
Toda esta actividad que tiene lugar específicamente en el este del Valle de San Fernando ha despertado desde hace algunos años un fuerte rechazo en un grupo de residentes, quienes se oponen a que su comunidad sea el patio trasero del condado.
"Es terrible", expresó Cynthia Despres, dirigente de la Coalición del Este del Valle. "Esta parte del Valle tiene el mayor peso porque cada año se presentan planes de expansión de empresas de reciclaje".
La lucha que esta activista encabeza contra varias industrias en Sun Valley parece interminable. Ahí, en una reducida zona, se congregan más de cuatro centros que procesan desperdicios orgánicos, un enorme vertedero de escombros y un tiradero de autos chatarra.
Ni siquiera las autoridades han podido meter en cintura a estas compañías, porque cuando solicitaron permisos al municipio —hace varias administraciones— sólo les pidieron cumplir con los requisitos mínimos ambientales.
Incluso, lamentó el concejal Tony Cárdenas, algunas empresas recibieron licencias sin límite de tiempo.
"¡El permiso es para siempre!", expresó el representante de esa zona del Valle de San Fernando. "Cuando veo lo que están haciendo no me gusta, pero no tengo la autoridad para decir: ‘Paren. Si van a seguir tienen que hacerlo con restricciones’. Solamente tengo el derecho de hacer eso cuando quieren un permiso nuevo", dijo.
Quizás la empresa más polémica del área sea Crown Disposal, por administrar un centro de reciclaje a cielo abierto y sin equipo de prevensión de olores.
Desde sus tres accesos se observan montañas de desperdicios removidas por excavadoras, mientras sobrevuela una bandada de gaviotas. El fétido olor revuelve el estómago a cualquiera.
Crown Disposal, con casi medio siglo en esa industria, ha buscado expandir la capacidad de este sitio de 4,800 a 6,700 toneladas. Los vecinos se oponen al proyecto. Cárdenas les ha exigido construir una planta cerrada y que sus camiones usen combustible alternativo.
Representantes de esa compañía no estuvieron disponibles para un comentario, aunque —según reportes de prensa— han aceptado estas regulaciones.
"Si manejas por ahí ves una gran pila de basura y camiones entrando y saliendo, [pero] si lo pones dentro [de una planta] y con un filtro de aire, el número de toneladas es lo menos importante", declaró su abogado Fred Gaines, al matutino Los Angeles Daily News.
¿Porqué en el Valle?
A finales de la década de los años 50 el Valle de San Fernando era una basta y solitaria extensión de tierra. Por eso, en los límites de una ciudad cuyos desperdicios incrementaban paulatinamente, se decidió construir dos tiraderos de basura: Sunshine Canyon, en 1958; y Bradley, un año después.
En 1975 el gobierno municipal abrió el relleno sanitario López Canyon, que actualmente, por el crecimiento demográfico, colinda con una zona residencial.
Desde hace un año ahí vive Juana Díaz y sus dos hijos. Habitan en un refugio para mujeres víctimas de violencia doméstica, con problemas de drogadicción o desamparadas, conocido como Hope Gardens.
El problema de este albergue, afirma Díaz, es su cercanía con este cerro de basura enterrada.
"Han de tirar hasta animales porque apesta feo. El olor es muy fuerte", comentó.
Según la Oficina de Saneamiento, del Departamento de Obras Públicas de la ciudad (DPW), desde que López Canyon fue cerrado, en 1996, no se han recibido quejas de los vecinos.
"Nuestro manejo del sistema de gases es impecable", aseguró su director Enrique Zaldivar.
Además de Sunshine Canyon, el único que opera dentro de los límites de esta metrópoli, el Ayuntamiento envía los desechos de los angelinos al relleno sanitario El Sobrante, en la ciudad de Corona, que abrió en 1986.
Administrado por la empresa Waste Management y el condado de Riverside, éste tiene la capacidad de recibir hasta 10,000 toneladas de desperdicios por día de cinco condados.
Por el momento, indicó Zaldivar, el municipio quiere enviar sus residuos lo más lejos posible, pues no se planea abrir otro tiradero de basura en la ciudad.
"Nadie se atrevería, es demasiado controversial, fuera de la seguridad o inseguridad es la imposibilidad de construirlo en un ambiente urbano", dijo.