Neil Tennant (en la foto) y su compañero Chris Lowe interpretaron sus éxitos en el teatro Griego. Josep Parera]
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Es difícil encontrar una banda que, tras tres décadas en activo, diez álbumes de estudio y centenares de conciertos alrededor del mundo, aún sigue abanderando el género musical al que pertenecen.

Pet Shop Boys son al pop lo que Depeche Mode es al new wave, Rolling Stones al rock y, por qué no, Vicente Fernández a las rancheras: sus máximos representantes, sus líderes, sus revolucionarios.

El jueves por la noche, ante un teatro Griego lleno a rebosar, la voz inmortal —y eternamente joven— de Neil Tennant y la música de Chris Lowe se dejaron oir en las colinas del Griffith Park, regresando a los años 80 —con It’s a Sin, West End Girls y Suburbia—, recordando los 90 —con Being Boring, New York City Boy y Go West— y recorriendo la presente década —con Love Etc. y The Way It Used to Be—.

El escenario del Griego, adornado por decenas de cubos que hicieron las veces de pantalla de video, objetos colgantes y armas (como en la excelente presentación de Jealousy, con dos bailarines lanzándoselos el uno al otro), fue el lugar apropiado para el show, titulado Pandemonium, uno de los temas de su más reciente CD, Yes, que sin resultar de los peores de su carrera —quizás ese honor se lo lleva Release (2002)—, carece de la magia de precedentes como Please, Actually o Nightlife.

Por supuesto, el público aplaudió a rabiar las canciones clásicas del repertorio: Heart (que abrió el concierto), la magistral Suburbia, Left to My Own Devices (que se combinó con las notas iniciales de Closer to Heaven), la entrañable You Are Always on My Mind, Being Boring y Domino Dancing, que se mezcló con Viva la Vida de Coldplay, una combinación sorprendente pero no menos efectiva y extraordinaria.