Nueva York/ Especial para EDLP — Conocí a Ralph Mercado hace 29 años recién yo llegado al periódico . De primera impresión me intimidó, no por su apariencia física sino por su personalidad tan apabullante, una que emanaba poder y dominio absoluto. Tenía toda la actitud de un padrino de la industria de la música tropical.
Desde ese momento se fomentó una amistad que perduró hasta el día de hoy. Viví su mejor época, así como otras no tan espectaculares. Pero una de las grandes virtudes que Mercado tenía era no dejar saber cómo le iban las cosas. Si le iban de maravilla, sonreía, si no le iban tan bien, igual sonreía. Nunca supe cuando perdía dinero en un espectáculo, siempre lo vi invencible, firme como una roca. Tampoco nunca pude sacarle comentario alguno acerca de sus enemigos. No había forma de que hablara mal de alguien en la industria del entretenimiento. La única vez que dijo algo y lo dijo en forma de chiste, fue cuando en una entrega de los premios Grammy en Los Angeles, nos encontramos con un grupo de disqueros y dirigentes de la radio. Lo saludaron los disqueros que en aquel tiempo eran su competencia y él les dijo: ¡No sé, pero de repente mientras ustedes me saludaban, sentí como un cuchillo en forma de zigzag que me rasgaba la espalda!
Tenía un dicho para todo y de todo hacía un cuento. De sus pensamientos
los más sabios son: “Todo depende de la hora y de la nota”; “Aquí el que no se mueve no se viene” y cuando le pedían algo expresaba: “Yo no sabía que Santa Claus era negro”. Un día mientras yo pasaba por la dolorosa separación de mi entonces esposa, en el buen deseo de darme ánimos me invitó a cenar. Después de escuchar mis lamentos de ánima en pena me preguntó: “¿Sabes qué es lo peor que te puede pasar cuando tu amas?” —Y yo esperando unas palabras con luz que llenaran mi ser contesté que no sabía—, “Que no te querían”, me dijo raspa’o. No tuve más remedio que echarme a reir por su certera ocurrencia.
Pasaba los 24 de diciembre en su hogar rodeado de sus hijos, amigos y familiares. Nunca tampoco faltaban Celia Cruz y Tito Puente, de no estar ellos trabajando. Su mamá (QEPD) hacia los pasteles puertorriqueños y aquello era siempre un festín. Cuando alguien decía que él era dominicano (por parte de padre) su madre siempre salía al paso recordándole ¿y tu madre qué? ya que ella era puertorriqueña. Siempre aclaraba que él era dominicano de la cintura para abajo y boricua de la cintura para arriba.
Ralph Mercado benefició y ayudó a muchos, aunque “no hubiera cama pa’tanta gente”, frase del tema de El Gran Combo que repitió constante.
Coincidimos en varias partes del planeta y fui testigo del éxito que causó con la “salsa” en el mundo entero. Como también fui testigo de las veces que anónimamente ayudó en tiempo de necesidad a muchos de sus artistas y amigos.
La muerte de Ralph Mercado comenzó el día en que Celia Cruz le notificó que se separaba de él. Fue en una entrega de los premios Grammy y ella se lo comentó en la limusina al salir de los premios. Ralphie creyó que eran bromas de Celia. Pero Pedro salió al paso y le dijo que era cierto. Fui testigo del dolor que esto le causó y creo que nunca se repuso del todo. Gracias a Dios en los postreros días de Celia pudieron reconciliarse y perdonarse el uno al otro.
El día que Tito murió en mayo del 2000, también murió una parte de él. Me encontraba con Ralph en su penthouse del Lincoln Center cuando llegó la llamada notificando la muerte de Tito. Lloró como un niño, nunca lo había visto así. Siempre dijo que el día que Tito y Celia murieran con ellos se cerraba el círculo de los grandes artistas. Principalmente decía esto, porque ellos nunca firmaron un acuerdo escrito con él, todos fueron acuerdos verbales que todas las partes envueltas cumplieron a cabalidad en todo momento.
Por eso siempre digo que soy un egresado de la escuela de Ralph Mercado porque más que un amigo fue un maestro, mi padre en la industria de la música. Me siento el menor de sus hijos y hermano de todos los que de una forma u otra, como Angelo Medina, David Maldonado y Henry Cárdenas, entre otros, colaboraron con él.
Nueva York/ Especial para EDLP — Conocí a Ralph Mercado hace 29 años recién yo llegado al periódico . De primera impresión me intimidó, no por su apariencia física sino por su personalidad tan apabullante, una que emanaba poder y dominio absoluto. Tenía toda la actitud de un padrino de la industria de la música tropical.
Desde ese momento se fomentó una amistad que perduró hasta el día de hoy. Viví su mejor época, así como otras no tan espectaculares. Pero una de las grandes virtudes que Mercado tenía era no dejar saber cómo le iban las cosas. Si le iban de maravilla, sonreía, si no le iban tan bien, igual sonreía. Nunca supe cuando perdía dinero en un espectáculo, siempre lo vi invencible, firme como una roca. Tampoco nunca pude sacarle comentario alguno acerca de sus enemigos. No había forma de que hablara mal de alguien en la industria del entretenimiento. La única vez que dijo algo y lo dijo en forma de chiste, fue cuando en una entrega de los premios Grammy en Los Angeles, nos encontramos con un grupo de disqueros y dirigentes de la radio. Lo saludaron los disqueros que en aquel tiempo eran su competencia y él les dijo: ¡No sé, pero de repente mientras ustedes me saludaban, sentí como un cuchillo en forma de zigzag que me rasgaba la espalda!
Tenía un dicho para todo y de todo hacía un cuento. De sus pensamientos
los más sabios son: “Todo depende de la hora y de la nota”; “Aquí el que no se mueve no se viene” y cuando le pedían algo expresaba: “Yo no sabía que Santa Claus era negro”. Un día mientras yo pasaba por la dolorosa separación de mi entonces esposa, en el buen deseo de darme ánimos me invitó a cenar. Después de escuchar mis lamentos de ánima en pena me preguntó: “¿Sabes qué es lo peor que te puede pasar cuando tu amas?” —Y yo esperando unas palabras con luz que llenaran mi ser contesté que no sabía—, “Que no te querían”, me dijo raspa’o. No tuve más remedio que echarme a reir por su certera ocurrencia.