Nueva York/ Especial para EDLP — Conocí a Ralph Mercado hace 29 años recién yo llegado al periódico . De primera impresión me intimidó, no por su apariencia física sino por su personalidad tan apabullante, una que emanaba poder y dominio absoluto. Tenía toda la actitud de un padrino de la industria de la música tropical.

 

Desde ese momento se fomentó una amistad que perduró hasta el día de hoy. Viví su mejor época, así como otras no tan espectaculares. Pero una de las grandes virtudes que Mercado tenía era no dejar saber cómo le iban las cosas. Si le iban de maravilla, sonreía, si no le iban tan bien, igual sonreía. Nunca supe cuando perdía dinero en un espectáculo, siempre lo vi invencible, firme como una roca. Tampoco nunca pude sacarle comentario alguno acerca de sus enemigos. No había forma de que hablara mal de alguien en la industria del entretenimiento. La única vez que dijo algo y lo dijo en forma de chiste, fue cuando en una entrega de los premios Grammy en Los Angeles, nos encontramos con un grupo de disqueros y dirigentes de la radio. Lo saludaron los disqueros que en aquel tiempo eran su competencia y él les dijo: ¡No sé, pero de repente mientras ustedes me saludaban, sentí como un cuchillo en forma de zigzag que me rasgaba la espalda!

 

Tenía un dicho para todo y de todo hacía un cuento. De sus pensamientos

los más sabios son: “Todo depende de la hora y de la nota”; “Aquí el que no se mueve no se viene” y cuando le pedían algo expresaba: “Yo no sabía que Santa Claus era negro”. Un día mientras yo pasaba por la dolorosa separación de mi entonces esposa, en el buen deseo de darme ánimos me invitó a cenar. Después de escuchar mis lamentos de ánima en pena me preguntó: “¿Sabes qué es lo peor que te puede pasar cuando tu amas?” —Y yo esperando unas palabras con luz que llenaran mi ser contesté que no sabía—, “Que no te querían”, me dijo raspa’o. No tuve más remedio que echarme a reir por su certera ocurrencia.