La pompa y elegancia de la Gala Inaugural de Gustavo Dudamel como director musical de la Filarmónica de Los Ángeles contrastó, como la otra cara de la moneda, con la sencillez del evento del pasado sábado en el Hollywood Bowl.
El público del sábado pasado fue el pueblo angelino; el del reciente jueves, la crema y nata política y económica de la ciudad, con algún adorno de Hollywood. La expectativa, sin embargo, era similar; pero había llegado el día en que el joven fenómeno de la conducción clásica tenía que satisfacer a su público más exigente: el que paga las cuentas.
El programa de la noche incluyó algo nuevo y algo tradicional, el puente entre la historia y el presente, el futuro que significa la presencia de Dudamel y de El Sistema de educación musical que nutrió su talento, instalado ahora entre los niños de Los Ángeles.
Lo nuevo fue el estreno mundial de City Noir, una pieza sinfónica en tres movimientos encargada especialmente para este concierto al compositor estadounidense John Adams, de 52 años, e inspirada en los libros sobre California del historiador Kevin Starr y en las crónicas negras del Hollywood de los años 50.
City Noir, comentarían varios de los presentes, podría muy bien ser la banda sonora de una película sobre la angelópolis y Adams quedó muy satisfecho con la interpretación de su obra, ya que al finalizar, invitado al escenario, no dejaba de abrazar con emoción a Dudamel, que le cedía los aplausos.
La historia llegó después del intermedio, con la interpretación de la completa Primera Sinfonía del austriaco Gustav Mahler, una pieza que es parte del repertorio conocido de Dudamel como director.
Al final, la Filarmónica de Los Ángeles y su nuevo director recibieron cerrada y larga ovación de un público entregado y como toque inusual y festivo, cayeron del techo papelitos color rosa y plata, dando un efecto alegre y cinemático.
Después vino el sarao.
Cerrada al tráfico la tarde del jueves, la avenida Grand esquina con la calle Primera se convirtió en un paraíso tropical a la sombra del Disney Hall, palmeras incluidas, un bar a cada lado decorado con luces y flores y mesas elegantemente dispuestas.
Lo que ocurrió allí después del concierto fue tanto o más importante que la presentación misma, como evento que marca un antes y un después en la vida cultural de Los Ángeles.
Una orquesta tocaba salsa, samba y hasta el tema Copacabana de Barry Manilow. El actor Andy García sostenía su puro —no se podía fumar sino en la parte de afuera— cerca de una palmera plástica. Tom Hanks y su esposa Rita Wilson monopolizaban a Dudamel y su esposa Eloísa Maturén, bella en un traje largo color terracota del diseñador venezolano Ángel Sánchez. Quincy Jones posaba para fotos con Dudamel y el alcalde Antonio Villaraigosa.
La presidenta de la filarmónica, Deborah Borda, invitó a Dudamel y a Eloísa al escenario y le pidió a este que hablara. Dudamel, argumentando que aún tenía "ruido en la cabeza" dijo no saber bien qué decir, y tras breves palabras en inglés, cambió al español para agradecer la presencia de su familia en pleno y de su maestro, José Antonio Abreu.
Invitados a bailar, la banda comienza a tocar La vida es un carnaval y la pareja de Dudamel y Eloísa tomó la pista, moviéndose rítmicamente y con gracia, sobretodo Eloísa, que tiene el tumbao de los hombros y las caderas típico de los caribeños.
Muy pronto, tras observarlos con interés, otras parejas de elegantes señoras enjoyadas y sus acompañantes de etiqueta se unieron al baile, con mejor o peor ritmo pero con alegría. Dudamel es su nuevo consentido y puso a bailar salsa hasta a señores vestidos con faldas escocesas y a algunos de los bolsillos más hondos de la ciudad.
La estirada noche se había convertido en un bailongo y hasta los más viejitos se contoneaban en la pista. Podría ser una metáfora de la fiesta que le espera a Los Ángeles con su nuevo director de LA Phil y la alegre esperanza de que tenga una influencia en las nuevas generaciones de niños de Los Ángeles, tal como la ha tenido y la tiene en Venezuela y otros rincones del mundo.