Con su producción de Las Leandras, la Fundación Bilingüe de las Artes se ha dado el lujo de traer a nueva vida una tradicional y maravillosa experiencia española: la zarzuela.
Esta comedia musical tan madrileña, de Francisco Alonso, ha sido siempre un éxito dondequiera que se presente y es fácil ver por qué.
En esta ocasión, una puesta en escena muy visual, vibrante e imaginativa y un elenco avezado y atrevido logran recrear la alegría, la picardía y el placer por lo espectacular tan característicos de este género.
La zarzuela nació como respuesta española a la ópera centroeuropea, y fue honrada en su primera producción nada menos que con un libreto de Calderón de la Barca (El laurel de Apolo, 1697, música de Juan de Hidalgo).
El género alcanzó su "edad de oro" a la segunda mitad del siglo XIX y, contagiado por la alegría de vivir y el desparpajo de la "Belle Epoque", se expandió hacia la siguiente centuria, prolongando su éxito y creciendo en popularidad.
"Las Leandras" es de 1931, una de las últimas décadas antes de empezar la zarzuela a declinar, y es una de las mejores. La historia es descaradamente cómica; se enfoca en el elenco de una compañía teatral que, tras un abrupto final de temporada, decide ayudar a la estrella del show, Concha, a salir de un problemita que se le ha presentado.
Resulta que Concha tiene engañado a su tío Francisco, quien vive en las islas Canarias y la ha criado, de que aún está en la escuela de monjas, de la que fue expulsada.
Su herencia queda en peligro cuando un telegrama anuncia que su tutor vendrá a visitarla. El novio de Concha, Leandro, con la vista en la cuenta bancaria del tío, tiene la idea usar un hotel vacío para recrear una distinguida "escuela para señoritas" llamada Las Leandras, con las chicas del coro como "alumnas".
El hecho de que el "hotel", en realidad, ha sido hasta hace poco un burdel, multiplica los enredos, sobre todo cuando un antiguo "cliente" —también llamado Francisco— trae a su sobrino virgen para que sea "entrenado" en las artes del amor y, de paso, disfrutar de un buen rato él mismo.
Por supuesto, es confundido con el tío de Concha, quien no tarda en también hacer su aparición...
A partir de entonces la comicidad gana la escena y se suceden con prisa y sin pausa malentendidos a granel, en que brilla el doble sentido con extrema gracia y candidez, muy a la manera de los años 30, con un hábil desenfado fácil de entender y difícil de que ofenda.
La directora Margarita Galbán ha dado en la tecla con el tono apropiado de vodevil por el que clama el libreto —adaptado por la misma Galbán con Lina Montalvo—. Pero además se da el lujo de ofrecer la unificación de ese tono en todo el elenco que, disciplinadamente, mantiene un estilo de inspirada caracterización (con ayuda del muy bien definido vestuario de Carlos Brown) y un atractivo movimiento actoral de expresivo lenguaje y despliegue físico.
El ritmo del diálogo y las canciones se torna así compacto, imponente, pero lo más importante es que sorprende al público con la impresión de estar allí, en 1931, viviendo las situaciones.
A pesar del comiquísimo libreto, lo que ha hecho famosa a Las Leandras son las recordadas canciones, como El Pichi (una parodia de un padrote o chulo, cantado por una mujer y coreado con burla por las "chicas"), Los nardos ("Por la calle de Alcalá...") o La verbena de San Antonio.
Aquí es una ocasión para que luzcan sus bellas y educadas voces Gabriela Crowe (Concha), Amada Domínguez (Clementina) y Michelle Gil (Aurora), siempre muy bien respaldadas por el coro. Mari Sandoval brindó una fluida coreografía.
Del resto del elenco, tan vital como uniforme, cabe hacer notar la labor de Gilbert Moret (Francisco), Rony Vega (su sobrino), Jorge Gárate (Leandro) y Kiko Hahecha, Karina del Carmen Velasco, Jonathan Kelley y Heliodoro García.
Apenas tres altos portales fueron suficientes para que la escenografía de Estela Escarlata pudiera sugerir la entrada del teatro, el frente de la "escuela" y las calles de Madrid, bien servida por la iluminación de Edward Motts.
El director musical John Ballerino estuvo a cargo de la adaptación musical a una orquesta menuda.









