Paulina Gaitán y Édgar Flores en una escena de ‘Sin nombre’, cinta debut de Cary Fukunaga. [Foto: Focus Features]
Hay películas que por el simple hecho de que se exhiban en el Festival de Cine de Sundance parece que tienen vía libre para ser catalogadas de, como mínimo, magistrales.
Y eso a pesar de seguir relatos convencionales u ofrecer una perspectiva ya vista de un tema polémico.
Los motivos pueden ser varios: quizá el filme provenga de un país exótico, su director haya luchado contra viento y marea para ver su proyecto realizado o el presupuesto sea escaso.
Pero ninguna de esas características conducen necesariamente a una buena película.
Sin nombre, que recibió dos premios en la última edición de dicho certamen —a la Mejor Fotografía y al Mejor Director—, es uno de estos casos.
El largometraje narra dos historias paralelas que terminan por encontrarse: la de Casper (Édgar Flores), un joven mexicano que huye de las pandillas tras una tragedia personal, y Sayra (Paulina Gaitán), una chica hondureña que, acompañada de su padre y hermano, trata de alcanzar la frontera con EEUU con el fin de iniciar una nueva vida.
El principal problema del debut como director del californiano Cary Fukunaga es que el espectador puede adivinar lo que pasará en cada momento segundos y hasta minutos antes de que eso suceda.
Y no sólo eso: la sobrecarga dramática de acontecimientos que pesan sobre los hombros de cada uno de los personajes (muertes y asesinatos, peleas y venganzas) no deja respiro ni para breves destellos de comedia ni para una mirada de esperanza en su futuro.
Es como si Fukunaga no quisiera dar un respiro ni a tales personajes ni al público.
Afortunadamente, el cineasta apuesta por un estilo visual elegante y preciosista, que encuentra la belleza hasta en los lugares más deprimentes, incluyendo las caras de los actores, que reflejan la compasión e ilusión del desafortunado.
Pero eso no es suficiente para que Sin nombre vaya más allá de lo que es: un debut prometedor. Nada más.
Clasificado R
Hay películas que por el simple hecho de que se exhiban en el Festival de Cine de Sundance parece que tienen vía libre para ser catalogadas de, como mínimo, magistrales.
Y eso a pesar de seguir relatos convencionales u ofrecer una perspectiva ya vista de un tema polémico.
Los motivos pueden ser varios: quizá el filme provenga de un país exótico, su director haya luchado contra viento y marea para ver su proyecto realizado o el presupuesto sea escaso.
Pero ninguna de esas características conducen necesariamente a una buena película.
Sin nombre, que recibió dos premios en la última edición de dicho certamen —a la Mejor Fotografía y al Mejor Director—, es uno de estos casos.
El largometraje narra dos historias paralelas que terminan por encontrarse: la de Casper (Édgar Flores), un joven mexicano que huye de las pandillas tras una tragedia personal, y Sayra (Paulina Gaitán), una chica hondureña que, acompañada de su padre y hermano, trata de alcanzar la frontera con EEUU con el fin de iniciar una nueva vida.
El principal problema del debut como director del californiano Cary Fukunaga es que el espectador puede adivinar lo que pasará en cada momento segundos y hasta minutos antes de que eso suceda.
Y no sólo eso: la sobrecarga dramática de acontecimientos que pesan sobre los hombros de cada uno de los personajes (muertes y asesinatos, peleas y venganzas) no deja respiro ni para breves destellos de comedia ni para una mirada de esperanza en su futuro.
Es como si Fukunaga no quisiera dar un respiro ni a tales personajes ni al público.
Afortunadamente, el cineasta apuesta por un estilo visual elegante y preciosista, que encuentra la belleza hasta en los lugares más deprimentes, incluyendo las caras de los actores, que reflejan la compasión e ilusión del desafortunado.