La década de los 80 en EEUU contó con dos tipos de directores: aquellos que se podrían definir artesanales —como Richard Donner (Lady Hawke, The Goonies, Lethal Weapon) o John Badham (War Games, Stakeout, Short-Circuit)— y los que podrían bautizarse como autores comerciales —tal es el caso de Steven Spielberg (E.T., The Extra-Terrestrial, The Empire of the Sun) o George Miller (trilogía Mad Max)—.
Robert Zemeckis, que hoy estrena A Christmas Carol, navega por ambas categorías: es un cineasta que va más allá de las convenciones visuales (que no narrativas) al mismo tiempo que mantiene los pies en el suelo y considera que su función más importante es la de entretener al espectador.
Y vaya si lo ha hecho… Desde su clásico Back to the Future (y sus dos secuelas) hasta su obra maestra Cast Away, pasando por Romancing the Stone, Who Framed Roger Rabbit, Death Becomes Her, Forrest Gump y What Lies Beneath, Zemeckis ha creado un abanico de largometrajes que respiran efectividad, saber hacer y calidad.
Desde hace cinco años, el director de Contact se ha empeñado en realizar exclusivamente películas animadas con la técnica de la captura de movimiento, un estilo que ahora aquí no cabe analizar, pero que, en pocas palabras, traslada a los actores a un mundo digital donde la realidad, la ficción y la imaginación se combinan casi de forma mágica.
The Polar Express, Beowulf y, ahora, A Christmas Carol son los tres largometrajes que Robert Zemeckis ha filmado empleando tal técnica, con resultados tecnológicamente dispares, visualmente fascinantes y narrativamente correctos.
La historia de Charles Dickens, llevada al cine, la radio y la televisión en decenas de ocasiones, parece ideal para el mundo fantástico de la animación por captura de movimiento. El director saca el máximo provecho de una herramienta que permite a Jim Carrey dar vida a siete personajes —entre ellos el protagonista, Mr. Scrooge, y los tres fantasmas de las Navidades que lo visitan para advertirle que su actitud no le va a reportar nada bueno—; y que, también, le deja en las manos la posibilidad de crear unos decorados y paisajes que, inspirados en el Londres real, adquieren más apropiadamente que nunca ese toque dickensiano del que tanto se habla.









