John Cusack y Lily Morgan, algo del talento actoral desaprovechado en el filme. (FOTO: Joe Lederer)
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El director alemán Roland Emmerich lleva años empeñado en destruir el mundo.

Desde Independence Day hasta The Day After Tomorrow, pasando por Godzilla, su cámara ha mostrado la aniquilación de incontables ciudades y monumentos históricos.

Su nuevo largometraje, 2012, bien podría definirse como la madre de todas las películas de catástrofes, porque versa acerca del fin del mundo tal y como lo entendemos.

Siguiendo una teoría maya que cifra dicho final en poco más de un par de años, Emmerich se inventa una especie de calentamiento solar que incita todo tipo de catástrofes naturales que generan terremotos, maremotos, tsunamis, erupciones inesperadas de volcanes.

Para el realizador cualquier excusa es buena para destruir Los Ángeles, Las Vegas, Washington, el Vaticano, Yosemite, la estatua de Jesús en Río de Janeiro...

Todo lector avispado se habrá dado cuenta que la mayoría de lugares afectados por la ira cinematográfica de Emmerich son estadounidenses y cristianos.

Tratar de dar una lectura demasiado sofisticada o política al cine del director alemán quizá sea una tarea absurda, visto que sus películas muestran un encefalograma plano. Pero él mismo ha reconocido en una entrevista reciente no atreverse a destruir ningún símbolo musulmán por temor a que sus seguidores lancen una fatwa contra él.

Pues bien, quizá el mundo musulmán no lo acuse de nada; pero el mundo cinéfilo tiene más de una razón para enviarlo al infierno de los cineastas malditos.

Porque 2012 es una orgía de despropósitos: sí, es espectacular (la escena en la que, literalmente, Los Ángeles es tragada por el océano es extraordinaria); pero las más de dos horas y media de metraje están plagadas por diálogos ridículos y situaciones absurdas (todo el tercio final en China), secuencias repetitivas (¿cuántas veces un coche o un avión escapan de ser atrapados en el último instante?), y actores desaprovechados (como Danny Glover, quien se empeña en suspirar en vez de hablar, es el presidente de EE.UU.; Thandie Newton, con cara de sorpresa, es su hija; y John Cusack, quien corre más rápido que nunca para cobrar el cheque que los productores le han dado).