Robert Pattinson y Kristen Stewart en ‘The Twilight Saga: New Moon’. Summit Entertainment]
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En su novela Shopgirl, Steve Martin escribió "el dolor es lo que cambia nuestras vidas". Si es así, los protagonistas de la saga Twilight se van a pasar el resto de sus vidas sufriendo más que las caderas de Shakira.

En New Moon, la segunda parte de la serie que se estrenó la pasada medianoche, Bella Swan (Kristen Stewart, con cara de dolor de barriga) es dejada por el vampiro Edward Cullen (Robert Pattinson), quien le promete que nunca más volverá a verlo.

Promesas, promesas.

Lo cierto es que Edward se pasa la mayor parte del metraje del filme alejado de la pantalla —o apareciendo brevemente en visiones de su amante— y quien ocupa su lugar en la vida, aunque no en el corazón, de Bella es Jacob (Taylor Lautner, quien demuestra que para la nueva generación de actores es más importante ir al gimnasio que asistir a clases de interpretación).

La joven pronto descubre que este es en realidad un hombre lobo que pertenece a la tribu de los quileute, cuya misión es proteger a los humanos de los vampiros.

Así, como si nada, Bella se encuentra en medio de dos batallas distintas: la que enfrenta a las dos facciones de vampiros (que integran los miembros del clan Cullen contra los malvados Volturi, estos liderados por un hilarante Michael Sheen) y la que entablan los hombres lobo con estos dráculas de mentirillas que poco tienen que ver con el legendario Christopher Lee, David Bowie en The Hunger, Tom Cruise en Interview with the Vampire o la producción de HBO True Blood.

El problema de The Twilight Saga: New Moon no es el cambio del director: la realizadora de Twilight, Catherine Hardwicke, fue acertadamente sustituida por Chris Weitz, el autor de About a Boy y The Golden Compass, quien aporta a la cinta instantáneas visuales con cierta garra (como ese giro de 360 grados alrededor de Bella, acompañado por la canción Possibility de Lykke Li, para dar la impresión del paso del tiempo).