En la película Groundhog Day, Bill Murray revivía día sí, día también, los mismos acontecimientos una y otra vez.
Hoy en Hollywood, muchos seguro que se identifican con el personaje del popular actor: poco menos de dos meses después de que los guionistas terminaran con la huelga que costó más de 2,500 millones de dólares a la economía local —según el alcalde Antonio Villaraigosa—, la posibilidad de que otra protesta paralice la producción cinematográfica y televisiva aumenta considerablemente conforme se acerca la fecha de caducidad del contrato que los estudios de cine y las productoras de televisión tienen con los actores.
Y no se trata sólo porque estos mantengan unas demandas que, en principio, podrían ser consideradas excesivas por los productores y estudios; además, los intérpretes son representados en las mesas de negociación por dos sindicatos enfrentados, que lidiarán con sus nuevos contratos en fechas distintas y con objetivos y formas encontradas.
Como sucedió con los guionistas, los actores exigen un cambio sustancial de su contrato en lo que respecta a los beneficios a recibir por los nuevos medios, primordialmente, las ventas de películas y series en DVD y Blu-ray y a través de la internet.
Pero Alan Greensberg, Presidente de SAG (Sindicato de Actores de la pantalla, la organización con más miembros en la contienda), se ha apresurado a indicar que "nosotros no somos directores o guionistas", con respecto a los nuevos contratos firmados por los sindicatos de ambos grupos a principios de año. "Los actores tenemos diferentes propuestas que no forman parte de [aquellos] acuerdos", insistió en un comunicado.
La diferencia fundamental entre las negociaciones que entablaron cada uno por su lado los sindicatos de directores y guionistas —DGA y WGA, según sus iniciales en inglés— es que en esta ocasión los productores y estudios, a través de la AMPTP (Alianza de Productores de Cine y Televisión), tendrán que lidiar con dos sindicatos distintos: el ya citado SAG y el AFTRA (Federación Americana de Artistas de Televisión y Radio).
Este último no está vinculado al medio cinematográfico, limitándose primordialmente al televisivo y musical; y por su historia resulta menos combativo que SAG, sindicato que bajo el liderazgo del actor Alan Rosenberg —marido de Marg Helgenberger, la protagonista de la serie C.S.I.— ha radicalizado sus posiciones, como resultó evidente en su apoyo a la huelga de los guionistas que se extendió de noviembre a febrero pasados.
La actitud de Rosenberg —que, por otro lado, también ha sido considerada revitalizante en la organización— ha causado cierta polémica en el seno del SAG. Algunos de sus miembros, como Sally Field, Tom Hanks o George Clooney, insistieron durante las últimas semanas en que las negociaciones con AMPTP dieran inicio lo antes posible, con el fin de contar con suficiente tiempo para evitar una huelga que resultaría fatídica para la economía del sur de California.
Parece ser que la propuesta de tales estrellas convenció a la dirección de SAG, quien recientemente confirmó que empezaría a dialogar con los estudios y las compañías de producción el próximo 15 de abril.
Por su parte, AFTRA se sentará frente a frente con los productores a partir del 28 de abril.
En un principio, estaba previsto que los dos sindicatos de actores negociaran con la AMPTP juntos, con el fin de demostrar su unidad.
Pero AFTRA rompió su asociación con SAG tras acusar a sus dirigentes de tratar de arrebatarles el reparto entero de la telenovela matinal The Bold and the Beautiful.
Los representantes de SAG negaron categóricamente tal aserción, aunque sí confirmaron que la actriz de la serie, Susan Flannery, había expresado su decepción por los acuerdos logrados por AFTRA y su interés por pertenecer únicamente a SAG (alrededor de 44 mil actores forman parte de ambos sindicatos).
En cualquier caso, el distanciamiento entre ambas organizaciones es contemplado como una muestra de debilidad frente a los estudios y compañías de cine y televisión.
Ahora sólo falta ver si las nubes que han acechado los últimos días las colinas de Hollywood se disipan sin consecuencia a partir de que den inicio las negociaciones o provocan una nueva tormenta, o huelga, que sume a la industria del entretenimiento en otra crisis de proporciones dramáticas.







