Cuando Handel compuso Tamerlano en 1724, la Europa occidental vivía una fascinación con la cultura turca. El compositor se inspiró en la trágica historia del sultán otomano Bayasid (o Bajazet) y su derrota por el guerrero Tamerlán (Tamerlano), y creo sus personajes pensando en los más importantes actores del momento. Mientras que el personaje de Bajazet fue compuesto para un gran tenor, los de Tamerlano y el príncipe griego Andrónico fueron creados para ser cantados por castrati.
Plácido Domingo, el gran tenor de nuestros tiempos, ha añadido en los últimos años el personaje de Bajazet a su extenso repertorio y con el debutó localmente la noche del sábado en una producción que la Ópera de Los Ángeles ha traído de la Ópera Nacional de Washington (las dos son compañías que el tenor español dirige).
La producción contemporánea de la ópera barroca se deshace casi por completo de los elementos turcos y de su contexto histórico, pero no de sus requisitos vocales. En un escenario más que sobrio y bajo iluminación directa y dramática, la mayoría de los personajes visten de negro y a la usanza contemporánea; los guerreros Tamerlano y Andrónico, que en el siglo XVIII eran cantados por hombres castrados, son ahora interpretados por un contratenor y una mezzosoprano, respectivamente, que visten trajes y corbatas grises casi idénticos.
El único color en el escenario lo aportan Tamerlano (Domingo) y su hija Asteria (la soprano Sarah Coburn), que en el primer acto lucen túnicas casi idénticas de brillantes tonalidades.
En vez de fascinación por lo turco, el director Chas Rader-Shieber apunta a una preocupación contemporánea por la guerra en el Medio Oriente y llena el escenario de soldados en uniformes negros. Pero la sobriedad de la puesta en escena contrasta fuertemente con el brillo de la partitura de Handel y de las innumerables arias en la ópera de más de tres horas de duración.
El dramatismo del contratenor Mehta como Tamerlano es admirable; sus impresionantes agudos contrastan con la furia de sus gestos y sus actos. Pero aunque la ópera se llama Tamerlano, es Bajazet quien lleva la fuerza dramática de la trama. Capturado y humillado, el sultán termina suicidándose para salvar el honor de Asteria, querida por Tamerlano pero enamorada de Andrónico.
Domingo encarna el espíritu del sultán derrotado hasta su dramático final en el tercer acto, aunque su voz no escondía el cansancio, pasadas las tres horas de función, la noche del sábado.
William Lacey condujo con entusiasmo una orquesta cuyos antiguos instrumentos no dejaban de recordar al público de la rara experiencia de una ópera barroca en nuestros días.
Cuando Handel compuso Tamerlano en 1724, la Europa occidental vivía una fascinación con la cultura turca. El compositor se inspiró en la trágica historia del sultán otomano Bayasid (o Bajazet) y su derrota por el guerrero Tamerlán (Tamerlano), y creo sus personajes pensando en los más importantes actores del momento. Mientras que el personaje de Bajazet fue compuesto para un gran tenor, los de Tamerlano y el príncipe griego Andrónico fueron creados para ser cantados por castrati.
Plácido Domingo, el gran tenor de nuestros tiempos, ha añadido en los últimos años el personaje de Bajazet a su extenso repertorio y con el debutó localmente la noche del sábado en una producción que la Ópera de Los Ángeles ha traído de la Ópera Nacional de Washington (las dos son compañías que el tenor español dirige).
La producción contemporánea de la ópera barroca se deshace casi por completo de los elementos turcos y de su contexto histórico, pero no de sus requisitos vocales. En un escenario más que sobrio y bajo iluminación directa y dramática, la mayoría de los personajes visten de negro y a la usanza contemporánea; los guerreros Tamerlano y Andrónico, que en el siglo XVIII eran cantados por hombres castrados, son ahora interpretados por un contratenor y una mezzosoprano, respectivamente, que visten trajes y corbatas grises casi idénticos.
El único color en el escenario lo aportan Tamerlano (Domingo) y su hija Asteria (la soprano Sarah Coburn), que en el primer acto lucen túnicas casi idénticas de brillantes tonalidades.
En vez de fascinación por lo turco, el director Chas Rader-Shieber apunta a una preocupación contemporánea por la guerra en el Medio Oriente y llena el escenario de soldados en uniformes negros. Pero la sobriedad de la puesta en escena contrasta fuertemente con el brillo de la partitura de Handel y de las innumerables arias en la ópera de más de tres horas de duración.