El director durante el rodaje de ‘Vicky Cristina Barcelona’ en esa capital catalana. [FOTO: The Weinstein Company]
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La aparición de Woody Allen en una sala de un hotel de Beverly Hills donde se presentó ante los medios de comunicación para promocionar su nuevo filme, Vicky Cristina Barcelona, dejó en evidencia dos cosas: una, el cineasta neoyorquino de 72 años está ya mayor.

De aspecto frágil y con problemas de audición, Allen aparenta ser mayor que, por ejemplo, Clint Eastwood quien, a sus 78 años, aún mantiene un aire de elegancia inusual para su edad.

Y dos, el autor de Manhattan continúa teniendo una mente brillante, una inteligencia aguda y un sentido del humor exquisito.

Durante casi una hora respondió las preguntas de los periodistas presentes con ironía y amabilidad.

Una de las características de su cine, desde Annie Hall hasta Melinda & Melinda, pasando por Manhattan, The Purple Rose of Cairo, Hannah and Her Sisters o Alice, es el predominio de personajes femeninos. Allen comentó al respecto que “al principio nunca pude escribir para mujeres. Siempre escribí desde el punto de vista del hombre. Y eso siguió así durante un tiempo”.

“Cuando estrené Play It Again Sam en teatro, con Diane Keaton, y ella y yo iniciamos una relación, por una extraña osmosis empecé a escribir para mujeres. Descubrí que podía hacerlo. Me gustan las mujeres, disfruto de su compañía y estoy rodeado de ellas. Mi corazón se anima cuando escribo acerca de mujeres”.

En el caso concreto de su relación profesional con Scarlett Johansson —con la que ha colaborado en Match Point, Scoop y ahora Vicky Cristina Barcelona—, el director recuerda que “fue un accidente. Para Match Point contacté a Kate Winslet. La semana precedente al rodaje, Kate me comentó que no podía hacerla porque había trabajado demasiado y no había pasado tiempo alguno con su hijo. Por supuesto, entendí eso”.

“Scarlett tenía sólo 19 años en aquel momento y pensé que era demasiado joven. Además, yo no conocía su trabajo. Pero estaba atrapado, necesitaba a alguien esa misma semana y Scarlett era una belleza y una excelente actriz. No estaba seguro si ella era la intérprete adecuada para el papel. Pero me cautivó y me di cuenta de que era capaz de hacer cualquier papel. Del mismo modo como pasó con Diane y Mia [Farrow], una actriz maravillosa, con la que hice muchas películas y nunca me defraudó”.

El origen de Vicky Cristina Barcelona, que se estrena hoy, surgió de “una idea sobre dos mujeres viajando a algún lugar de vacaciones”, recuerda. “Alguien me llamó desde Barcelona diciéndome que si quería rodar una película allí, me la pagaban. Y esa es la parte más difícil a la hora de hacer un filme: financiarla. Escribirla, filmarla, editarla... todo eso es fácil”.

“Por eso dije que sí. No tenía ni idea de qué hacer. Una semana después me llamó Penélope Cruz, a la que no conocía y sólo había visto en Volver. Ella estaba en Nueva York y me comentó que sabía que iba a rodar en Barcelona y que quería participar en el proyecto. Así que empecé con Barcelona, Penélope, Scarlett... Gradualmente todo empezó a tomar forma, con esos actores presentes”.

La cinta podría clasificarse como una comedia romántica, aunque en su opinión se trata de un filme “muy pesimista, a pesar de las apariencias. Barcelona es una ciudad con mucha vida, luz, música... Los actores y actrices son atractivos...”.

“Pero al final, [los personajes de] Javier y Penélope no pueden vivir juntos ni tampoco separados; están constantemente insatisfechos. [El de] Scarlett siempre sufre de insatisfacción crónica; no tiene ni idea de lo que quiere y nunca dejará que nada la satisfaga. [Y el de] Rebecca [Hall, que encarna a Vicky] acabará con una vida estable, aceptable, sin altos ni bajos; pero en el futuro se preguntará si echará de menos haber [tomado riesgos] en la vida. El filme tiene una visión pesimista de las relaciones”.

A nivel privado, Allen confiesa que el éxito en una relación personal depende de “la suerte. El hombre tiene unas necesidades concretas; la mujer tiene otras. Las probabilidades de encontrar a alguien que comparta esas necesidades es muy escasa y si una de ellas falla, los dos acaban insatisfechos”, relata.

“Lograr conectar es un accidente feliz; y es algo que pasa. Estadísticamente sucede. Pero es suerte. Esa es mi observación. Y eso es lo que aprendido: a pesar de la ayuda, la terapia, los planes... tienes que tener suerte. Y los hay que la tienen. Pero por los índices del divorcio, no hay muchas relaciones que funcionen... Espero no haberles deprimido [con esta respuesta]”.

Con respecto a las escenas amorosas que comparten Penélope Cruz, Scarlett Johansson y Javier Bardem, el realizador de Manhattan Murder Mystery reconcoe que “para mí no fue nada. No sentí nada [risas]. Son actores espléndidos. Empezaron a besarse. Quise mantener la cámara muy cerca y que la escena durara mucho, más de lo necesario. Se besaron, y se besaron, y cuando acabaron fue hora de comer. Son actores, cobran su sueldo, y ya está”.

El rodaje en Barcelona fue, en sus palabras, “muy fácil”, aunque “las multitudes de gente [presentes durante la filmación] fueron inmensas. No fue como Nueva York, donde a nadie le importa. Pero no causaron problema alguno. Fueron la gente más educada y amable del mundo. No nos molestaron. Si necesitaba silencio, lo pedía y callaban. Fueron muy cooperativos. La cooperación de la [alcaldía de la] ciudad fue increíble. Nos dieron todo casi gratis”.

A pesar de la retahíla de personajes que incluye Vicky Cristina Barcelona, Allen considera que ninguno de ellos es él. “La gente siempre piensa que yo soy algunos de los personajes que escribo: John Cusack [en Bullets Over Broadway], Mary Beth Hurt [en Interiors], Sean Penn [en Sweet and Lowdown], Jonathan Rhys-Meyers [en Match Point]...”, relata.

“No entiendo por qué. Ni siquiera en la más increíble situación me veo como esos personajes o hubiera podido darles vida. En ningún momento soy Rebecca Hall en Vicky Cristina Barcelona. Es curioso que siempre me preguntan eso. Yo no lo veo así”.

La acción de la cinta también acontece en Oviedo, ciudad del norte de España donde hace un tiempo desvelaron una estatua suya. “La estatua en Oviedo es uno de los grandes misterios de la civilización occidental”, bromea el cineasta. “Oviedo es una ciudad preciosa. Fui allí hace unos años. Sin preguntármelo, sin hacer nada allí —no salvé la vida de nadie [risas]—, me dijeron que iban a desvelar una estatua mía. Primero pensé que se trataba de una broma. Pues no”.

“En la ciudad hay una estatua mía, que está bien, pero es completamente inmerecida. Es de bronce: lleva mis gafas, mi chaqueta... Pensé que la iban a retirar una vez me marchara de allí. Pero ahí está. Tengo una fotografía en casa con un metro de nieve sobre mi cabeza. Y parece que las gafas las roban repetidamente. Y eso que están pegadas a la estatua. Se ve que por la noche los ladrones van con un cautín y las cortan. Es una estatua inexplicable. No tiene razón de existir. No lo entiendo”.

Allen —que en la actualidad sigue casado con Soon-Yi Previn, de 37 años y madre de sus dos hijos—(Soon-Yi fue la hija adoptiva de Mia Farrow, con la que el director mantuvo una larga relación sentimental hasta que ésta descubrió el romance entre aquél y la joven, lo que desató una batalla judicial ampliamente publicitada), está en estos momentos en Los Ángeles trabajando en los ensayos de la ópera Gianni Schicchi, uno de los tres actos de Il Trittico, de Puccini.

“No quería dirigir una ópera”, reconoce. “Uno de los directivos de la Ópera de Los Ángeles y Plácido Domingo [su director] me han hablado repetidamente para que dirigiera una ópera. Me comentaron que había esta ópera de Puccini de tres actos. William Friedkin [realizador de The Exorcist] iba a dirigir uno de ellos y yo sólo tenía que dirigir el tercero. No es un gran espectáculo, como Aida, con los elefantes. Sólo hay nueve intérpretes y dura 55 minutos”.

“Esto sucedió tres años atrás. Pensé que estaría muerto en tres años y que se olvidarían de ello. Y dije que sí. El día llegó, y aún no estaba muerto, por lo que me llamaron y mañana empiezo los ensayos. Haré lo que pueda. En la ópera, a diferencia de en el cine, el público abuchea, y no estoy seguro si eso lo puedo aguantar”.

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