"Lo único mejor que ver un gol, es recordarlo", sentencia Juan Villoro, escritor notable, seguidor de los Pumas, amigo sin decepcionarse de Hugo Sánchez, pero un iconoclasta devoto del futbol mexicano.
La deliciosa reflexión viene a colación con el divorcio —rayando ya en un adulterio funcional— del gol con los delanteros mexicanos.
La abstinencia de los delanteros mexicanos, recopilada con cifras dolorosas por parte del diario Reforma, coloca en el altar del ridículo a la pléyade de estrellas sin brillo del ataque mexicano.
Pocas memorias, en apego a Villoro, para festejar, les quedan a esta quinteta de ilusos que ilusionan a tantos.
Todos ellos, los cinco en un mismo paquete, deben estar cotizados en más de 35 millones de dólares: Carlos Vela, Giovani, Omar Bravo, Guillermo Franco y Miguel Sabah.
La cotización más cara de la inefectividad. El precio más elevado de la impotencia.
Y retomando a Villoro, sus carreras, vestidos con el Tri mayor, están llenas de pocos recuerdos.
Porque, debe quedar claro, en un homenaje justo, que Vela y Giovani fueron los artesanos de la épica que sobrevive, ya con caireles de doble uso, como orgullo del futbol mexicano: la conquista del sub-17 en el Mundial de Perú.
Pero, ya en las instancias mayores, no han encontrado esa solvencia, aunque, queda claro, la encontrarán, en el momento en que se coordinen sus facultades futbolísticas y sus facultades mentales, para alcanzar un equilibrio entre el querer, el poder y el deber, que mientras no se consigue suele provocar colisiones y coaliciones adversas, en el deportista y por supuesto en cualquier ser humano.
Los casos de Omar, Guille y Sabah, ya son manifestaciones públicas, y previsibles y predecibles, más que esperanzadoras, de que la eventual y mortífera eficiencia pertenece más a los clubes que les pagan puntualmente en dólares, que a una selección que les paga, puntualmente, con desalientos.
Pelé citó alguna vez que el gol era comparable con un orgasmo.
Bueno, un tipo que llegó al clímax en una cancha de futbol en 1,282 ocasiones, debe reírse del escenario de eyaculación precoz en el que viven los cinco arietes mexicanos asignados a la Copa de Oro y esperanza de masculinidad ante Estados Unidos el 12 de agosto.
Con más de 100 goles en su carrera, Carlos Reinoso, chileno, y uno de los mejores futbolistas que han impactado el futbol mexicano, explica que hacer un gol es como tener un hijo.
De ser así, la escasa prole de los cinco artilleros mexicanos referidos, vestidos con la verde, seguramente ayuda a combatir la explosión demográfica, aunque no le caería nada mal a una selección de pocos partos, encontrarse con una sobrepoblación, especialmente en épocas en que podría quedarse fuera de la contabilidad del cunero mundialista en Sudáfrica 2010.
Hace años, en una encuesta más ilusa que factible, este reportero se dio a la tarea de recolectar opiniones entre goleadores.
La pregunta era simple: ¿porqué se fallan las oportunidades de gol?
Hugo Sánchez rehuyó: "¿Por qué se fallan los goles? ¿A ver Luis Miguel [Salvador], explícale?", pidió Hugo a su compañero en el ataque atlantista, cuando el "Pichichi" vivía su horas de declive al regresar a México para sacar contratos, dólares e ilusiones de su pasado.
Salvador cayó en una reflexión perogrullesca: "Los goles se fallan porque se intentan".
En una procesión de autodisculpa, como si fuera una acusación a sus yerros, más que un homenaje a sus aciertos, los goleadores fueron respondiendo de manera similar: nervios, precipitación, rivales, canchas malas, balones malos, zapatos malos, árbitros malos, etc.
Sólo uno se atrevió a dar una respuesta congruente, sin indultarse a sí mismo del riesgo vigente en cualquier delantero, como es fallar un gol, tal vez porque ya estaba en el retiro.
Fue Cabinho, el brasileño que sumó ocho títulos de goleo en México y con un registro impecable de 312 goles en 415 partidos.
"Fallas por miedo, por llegar mal preparado, porque te preocupa más por el qué va a pasar si fallas, que si aciertas, porque no tienes hambre de gol", dijo Evanivaldo Castro.
Miedo. Ésa parece ser la clave.
Miedo. Ésa parece ser la explicación.
"El mexicano no es una esencia, sino una historia", catalogó alguna vez Octavio Paz a su raza. La sentencia es dura, amplísima, cruel y auténtica.
Si bien Vela, Sabah y Omar, son hijos directos del mestizaje, Gio se educó como futbolista en el futurismo del Barcelona con genes de una estirpe ganadora, como la brasileña, y Franco ha tenido un antes y un después del Monterrey.
El futbol se embellece con estos enigmas, aunque el Tri se afee con semejantes realidades.
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