"Lo único mejor que ver un gol, es recordarlo", sentencia Juan Villoro, escritor notable, seguidor de los Pumas, amigo sin decepcionarse de Hugo Sánchez, pero un iconoclasta devoto del futbol mexicano.

La deliciosa reflexión viene a colación con el divorcio —rayando ya en un adulterio funcional— del gol con los delanteros mexicanos.

La abstinencia de los delanteros mexicanos, recopilada con cifras dolorosas por parte del diario Reforma, coloca en el altar del ridículo a la pléyade de estrellas sin brillo del ataque mexicano.

Pocas memorias, en apego a Villoro, para festejar, les quedan a esta quinteta de ilusos que ilusionan a tantos.

Todos ellos, los cinco en un mismo paquete, deben estar cotizados en más de 35 millones de dólares: Carlos Vela, Giovani, Omar Bravo, Guillermo Franco y Miguel Sabah.

La cotización más cara de la inefectividad. El precio más elevado de la impotencia.

Y retomando a Villoro, sus carreras, vestidos con el Tri mayor, están llenas de pocos recuerdos.

Porque, debe quedar claro, en un homenaje justo, que Vela y Giovani fueron los artesanos de la épica que sobrevive, ya con caireles de doble uso, como orgullo del futbol mexicano: la conquista del sub-17 en el Mundial de Perú.

Pero, ya en las instancias mayores, no han encontrado esa solvencia, aunque, queda claro, la encontrarán, en el momento en que se coordinen sus facultades futbolísticas y sus facultades mentales, para alcanzar un equilibrio entre el querer, el poder y el deber, que mientras no se consigue suele provocar colisiones y coaliciones adversas, en el deportista y por supuesto en cualquier ser humano.

Los casos de Omar, Guille y Sabah, ya son manifestaciones públicas, y previsibles y predecibles, más que esperanzadoras, de que la eventual y mortífera eficiencia pertenece más a los clubes que les pagan puntualmente en dólares, que a una selección que les paga, puntualmente, con desalientos.