Para evitar un inútil derramamiento de bilis en terceros, es necesaria una aclaración.

Debe rendirse un homenaje por su triunfo a Estados Unidos, pero no debe rendírsele homenaje, aunque sí reconocimiento, por la forma de jugar de Estados Unidos.

No hay belleza en su futbol, pero a quién le importa si la victoria sobre España es de una belleza indescriptible para sus apóstoles del válido "ganar como sea".

Muerto, desahuciado, enterrado, condenado, EEUU llegaba ante España como la víctima propiciatoria, como la ofrenda, como la presa al sacrificio, como condenado a muerte y por aclamación popular.

Quien se atreva a levantar la mano y decir que apostó ciegamente por Estados Unidos, antes de creerle, tendría que pasar por tres pruebas: la del alcoholímetro, la del detector de mentiras y la del psiquiatra, porque sólo beodo, embustero o loco, habría cruzado semejante apuesta.

Habrá quien recurra a fundamentos tácticos, a elucubradas explicaciones sobre los parados de los equipos, la elección de los jugadores o sus movimientos en la cancha: lo cierto, lo irrefutablemente cierto, es que la piedra filosofal de la odisea estadounidense es simplista y anunciada.

El atleta estadounidense, por formación genética, cultural, civil, familiar y humana, no cree en la derrota como su destino.

Cuando se presenta, la sufre, la acepta, la asimila, se nutre de ella y reclama una nueva oportunidad, en ese semblante psicológico despiadado y vengativo con que compite en cualquier escenario de la vida.

No todos son así, queda claro, pero todos quieren ser así.

Son, generalmente, soldados de la disciplina, de la conquista, y entre los fundamentos de sus hazañas prevalecen los valores de su entorno, en los cuales el concepto de patria, sin caer en patrioterismos, es monumental, en una confusa manifestación de manufacturar calzones o toallas femeninas con el estandarte nacional, pero encumbrarlo, por otro lado, como móvil de sus aspiraciones.