Para evitar un inútil derramamiento de bilis en terceros, es necesaria una aclaración.
Debe rendirse un homenaje por su triunfo a Estados Unidos, pero no debe rendírsele homenaje, aunque sí reconocimiento, por la forma de jugar de Estados Unidos.
No hay belleza en su futbol, pero a quién le importa si la victoria sobre España es de una belleza indescriptible para sus apóstoles del válido "ganar como sea".
Muerto, desahuciado, enterrado, condenado, EEUU llegaba ante España como la víctima propiciatoria, como la ofrenda, como la presa al sacrificio, como condenado a muerte y por aclamación popular.
Quien se atreva a levantar la mano y decir que apostó ciegamente por Estados Unidos, antes de creerle, tendría que pasar por tres pruebas: la del alcoholímetro, la del detector de mentiras y la del psiquiatra, porque sólo beodo, embustero o loco, habría cruzado semejante apuesta.
Habrá quien recurra a fundamentos tácticos, a elucubradas explicaciones sobre los parados de los equipos, la elección de los jugadores o sus movimientos en la cancha: lo cierto, lo irrefutablemente cierto, es que la piedra filosofal de la odisea estadounidense es simplista y anunciada.
El atleta estadounidense, por formación genética, cultural, civil, familiar y humana, no cree en la derrota como su destino.
Cuando se presenta, la sufre, la acepta, la asimila, se nutre de ella y reclama una nueva oportunidad, en ese semblante psicológico despiadado y vengativo con que compite en cualquier escenario de la vida.
No todos son así, queda claro, pero todos quieren ser así.
Son, generalmente, soldados de la disciplina, de la conquista, y entre los fundamentos de sus hazañas prevalecen los valores de su entorno, en los cuales el concepto de patria, sin caer en patrioterismos, es monumental, en una confusa manifestación de manufacturar calzones o toallas femeninas con el estandarte nacional, pero encumbrarlo, por otro lado, como móvil de sus aspiraciones.
A ese temperamento, cuando se añade trabajo, disciplina, proyecto, talento y habilidad, se está más cerca del triunfo que del fracaso.
Y así, el amo y señor de la Concacaf, en horas bajas tras sufrir una derrota ante Costa Rica y sufrir con la complicidad del técnico Reinaldo Rueda para vencer a Honduras, quedó totalmente reivindicado, con la exposición máxima de sus habilidades, más que de sus virtudes, para jugar al futbol, más que para crear futbol, eso no es de ellos, ni les interesa hacer del arte un versículo de su doctrina de competencia.
EEUU reveló ayer dos facetas: una, que cuando se rebela a su habitual especulación y marrullería táctica para tratar de imponer condiciones, es punzante, peligroso, asfixiante y demoledor, porque no perdona cuando el instinto asesino le enrojece la mirada y muestra la daga imaginaria entre sus dientes.
Después, con el gol en su poder, lo defiende a muerte, cabalmente, pero sin renunciar a esa arma ladina, traicionera, letal, del contragolpe, y que no se entienda como ordinarias descolgadas al grito de "Viva el 4 de julio", sino como la combinación de la desesperación del contrario, sus errores y la explosión del acierto gringo.
Hay quienes enarbolan por la Concacaf a un México ganador de la Copa Confederaciones de 1999, al vencer al Brasil de los entonces imberbes Ronaldinho, Zé Roberto, Alex, Serginho y compañía, con gol de Cuauhtémoc Blanco en el Estadio Azteca.
Sin embargo, este triunfo de Estados Unidos sobre España, que lo mete a la final, cobra tintes especiales por el nivel de los competidores, por las selecciones con sus mejores divos, y porque lo consigue fuera de casa, aunque ya se sabe que EEUU no juega de local nunca.
Tumba gigantes de la Concacaf y ahora tumba gigantes a nivel mundial, el equipo del resucitado y rescatado Bob Bradley emerge, por si algún iluso, inocente, incauto y patriotero se negaba a ver el dominio de EEUU en la zona.
¿Cómo llega a su duelo contra México el 12 de agosto en el Estadio Azteca?
La pregunta es otra: ¿cómo llega México al Estadio Azteca ante la sólida exhibición estadounidense?
Quién es el más preocupado: ¿el EEUU victorioso ante España, o el Tri en ciernes de anoche ante Venezuela?
Sin pretender enredarse en el dilema de tontos del huevo y la gallina, algo queda claro: el jugador mexicano tiene más condiciones de futbolista que el de Estados Unidos, pero de sobra.
Y sin embargo, en este momento, el futbolista estadounidense tiene más condiciones y espíritu de competidor que el futbolista mexicano.
Este paso gigantesco de EEUU tendrá dos efectos en el Tri: los espíritus grandes aguardarán, impacientes y ansiosos, el desafío del 12 de agosto, y los otros, los pequeños, los insignificantes de espíritu, empezarán a buscar queso apestoso a orines en las ratoneras de sus propios miedos.
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