Otoño. Y el sol ni se enteraba. Calcinante, inclemente, torturante. Se embarraba y resbalaba en brillante sudor por rostros morenos y cuerpos.
Una larga espera. El Este de Los Ángeles estaba colapsado. El Boulevard Whittier, la arteria que surca su corazón, estaba bloqueada. Carpas y puestos de patrocinadores de la "Batalla de Ensueño" estaban tendidos con modorra en las cuatro cuadras aisladas por patrullas.
Una decena de autos, impecables, brillantes, seductores, coloridos, presumían la prosapia de su rozagante ancianidad: joyas perfectas con partes originales, Buicks, Ford y Chevrolets de los años 50s y 60s.
En el eje del bloqueo se levantaba, junto al arco que marca la frontera entre el Este de los Ángeles y los éstos de Los Ángeles, una carpa, su templete, un estrado, sillas, y el escenario propio para que Óscar de la Hoya anunciara desde el epicentro de su vida marcada por sismos de victorias en el ring, su nueva cita ante una vieja presa: Manny Pacquiao, el filipino que ostenta la dolorosa declaratoria de ser el depredador de mexicanos y que ayer estaba en donde México tiene su más poblada y pujante colonia en Estados Unidos.
La presencia de Manny era un desplante de insolencia.
Los contendientes llegarían tarde.
Antes, el comediante George López se trepó al escenario. Se presenta y afirma: "Nací en el Hospital General del Este de los Ángeles".
Y asegura, provocando carcajadas de identificación y de identidad del millar de asistentes: "Y más pobre que la chin…".
Mariachi. Banda. Baño de pueblo, baño de nostalgia, mientras vendedores de aguas, refrescos y paletas, agradecen a la intolerancia del Sol las bendiciones para sus bolsillos.
Los improvisados abanicos mueven con desesperación sus coloridas faldas almidonadas tratando de combatir la canícula despistadas de este otoño infernal, más que invernal.
Por fin, 20 minutos después del mediodía y de la cita, aparece Manny Pacquiao y una legión filipina arma una fiesta breve.
Minutos después, a las 12:30 p.m., aparece Óscar de la Hoya. Custodia, séquito, asistentes, le siguen por el cordón de gente detrás de la barrera metálica, mientras saluda, firma y se toma fotos.
Ya con el aparador montado y las sillas ocupadas, el primero en sembrar cizaña es Bob Arum. Abre con un nombre prohibido entre sus anfitriones. "Aquí estoy como McCain [candidato republicano a la presidencia]".
Seguramente la señora madre del promotor nunca recibió tal silbantina deshonrando su honra, insinuando que se dedicaba a la profesión más antigua del mundo.
Arum presenta a Manny y su equipo, ostenta a Freddie Roach como el hombre que hará posible la odisea sobre Óscar, y recuerda que el filipino ha sido el masacrador por excelencia de las cartas de orgullo del boxeo mexicano.
Las mentadas de madre melódicas se multiplican como las gotas de sudor entre la agobiada raza, que castigada por Febo, es castigada en su orgullo por Arum.
Y además, Bob Arum, quien elogia la belleza de la mujer mexicana, se atreve a asegurar que la mujer filipina es aún más hermosa, y anuncia el concurso entre representantes de ambas naciones para saber quién es quién en el arte de la seducción visual.
Y George López salta al quite. "Las latinas son las mujeres más hermosas del mundo. Cómo se atreve este cab… a decir eso, a dudar de eso. Mi esposa es latina y las latinas son las mejores del mundo… más vale que diga eso".
"Quienes quieran opinar sobre lo que dice Bob Arum vayan a ‘estaloco.com’, no sabe de qué habla", dijo López.
El protocolo siguió.
Si Óscar de la Hoya promete una guerra el 6 de diciembre en Las Vegas, la de ayer fue una versión rosa, cursi, de esa rivalidad. Fue como darse bofetadas con ramos de rosas sin espinas.
Posan ambos peleadores sobre el estrado. De la Hoya no se equivoca. Sobre su hombro derecho cuelga la bandera estadounidense y sobre el hombro izquierdo la de México, "porque está más cerca de mi corazón", explicaría. Y Manny extiende el lábaro filipino.
Fotos y video disparan insaciables.
Y cuando todo terminaba, cuando el retorno del hijo prodigio más que pródigo, estaba consumado y cada quien buscaba sombra, agua y hogar, De la Hoya toma el micrófono y grita a la multitud: "Los invito a King Taco. Dos horas de tacos gratis, sólo digan que Óscar los mandó y ya está pagado todo". Los asistentes se miran entre sí, incrédulos. De la Hoya insiste: "Yo invito, yo pago".
Y la muchedumbre empieza a pulverizarse.
El Este de Los Ángeles vuelve a ser el Este de Los Ángeles.









