Raúl Arias se ha ido. Por la puerta de atrás. Tres derrotas al hilo sentencian una jornada de fracasos.
El entrenador se lleva las manos llenas de dinero y deja un equipo vacío, desconfiado, temeroso, retraído, herido de espíritu.
El daño está hecho. Gravemente hecho.
Hasta se podría pensar que por su filiación histórica con los equipos de Televisa, por su devoción a la empresa, habría sido enviado para darle el puntillazo, el golpe de gracia, a las Chivas del Guadalajara.
Pero debería tener un espíritu demasiado avieso, haber perdido la honestidad elemental del futbol, para, además de vender su alma al diablo, ser el diablo mismo.
Despertó ilusiones. Incluso en su debut venció al América en un amistoso y la afición guardó silencio pensando que jugando feo, abortando la propuesta de ser ofensivo y espectacular, al menos se metería a la Liguilla.
La situación quedó comprometida. En un grupo en desgracia, con San Luis y Atlas en condiciones tan deplorables como los rojiblancos, cualquier cosa puede ocurrir.
La tarea era imposible para Arias. Los jugadores de Chivas están llenos de otra sustancia que no puede entender el entrenador, que alguna vez hizo campeón al Necaxa, precisamente ante el Guadalajara y que reverdeció laureles haciendo un muy competitivo san Luis al que salvó del descenso, aunque después se le hundió en la Primera A el mismo Necaxa.
Los jugadores son seres frágiles a final de cuentas.
Y se fragilizan más ante los miedos, los temores, las indecisiones y su propia desconfianza en sus propias capacidades.
Y si a Chivas le cambian entrenadores porque se les culpa de aspectos distintos a la cancha, es claro que al final terminan confundidos al confrontar sus propios pecados con los de sus entrenadores.
Se fueron Efraín Flores, Omar Arellano duró un suspiro, Paco Ramírez demostró que el equipo le quedaba grande, y ahora Raúl Arias pensó que estaba ejerciendo dictatorialmente.
Derrama el vaso la postura cínica con la que confronta la crisis en Chivas. “Relájate güey, tranquilo, estamos chupando güey”, le dijo a un reportero que el interrogaba sobre los cambios hechos ante Morelia, totalmente defensivos, ridículamente estratégicos, cuando incluso llegó a tener un hombre más y un gol más.
Ya desde su llegada a Chivas quedaba claro que rompía cánones, lo que incluso en su momento generó simpatías. “Yo pensé que era medio payasón”, dijo Arias al referirse a Jorge Vergara antes de sentarse a negociar con él.
No importa cómo le llame, pero era clara que en las reglas de etiqueta del futbol, o hasta en las del futbol, no era correcto deteriorar más la ya deteriorada imagen del mismo Vergara.
Llega José Luis Real. Hombre de casa. Forjador de muchos de los jugadores que han florecido en Chivas. Hombre que sabe de futbol y del trato al jugador, pero que, necesitará de energía para controlar a un grupo, y de delicadeza para poder enfocarlo en su compromiso profesional.
Con un sello de dirección parecido al de Efraín Flores, el “Güero” Real tiene una tarea más difícil que la de Raúl Arias, porque encuentra jugadores vencidos, con estragos mentales, no sólo por las contradicciones en las voces de mando que se han heredado en la banca, sino también, por las demenciales decisiones de sus directivos, y, por supuesto, de su propia inmadurez, debilidad, temores y falta de autoridad y respeto en sí mismos de muchos de los futbolistas de este Guadalajara.
El escrito colombiano Gabriel García Márquez puntualiza que “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir".
Esta es pues, una nueva oportunidad para Chivas...