(Foto: Porsche)
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No todos los días uno tiene el privilegio de ver cambiar la historia. Quienes ya peinamos canas llevamos en la memoria apenas un puñado de hechos históricos, la mayoría de ellos lamentables, que han quedado indeleblemente marcados en el recuerdo. El primer viaje de los Beatles a los Estados Unidos; el asesinato de Kennedy; la llegada del hombre a la Luna; el lanzamiento del disco Thriller de Michael Jackson; los atentados terroristas del 11 de septiembre; en fin, episodios que partieron el diario acontecer en dos pedazos, el antes y el después. Lo más probable es que cuando se escriba la reseña de los hechos que guiaron el rumbo de la industria automotriz en la primera década del tercer milenio, una página privilegiada le cabrá al recién llegado Porsche Panamera, el primer automóvil de cuatro puertas de la marca alemana, reconocida universalmente por sus modelos deportivos, y sin la menor sombra de duda, el primer auto deportivo de cuatro puestos.

No faltaron quienes pusieron el grito en el cielo por considerar casi sacrílega la decisión de lanzar al mercado un producto de estas características, pero lo mismo argumentaron cuando llegó el Cayenne, alegando que nada tenía menos sentido en la vida que un SUV con la marca Porsche, y los hechos mejor aún, las cifras de ventas acabaron dando la razón a quienes promovieron semejante movida tan arriesgada. Tratándose del Panamera, es obvio que con los precios que trae las cifras de ventas no serán tan generosas como las del utilitario deportivo, pero es que la intención es justamente la opuesta, porque el componente de exclusividad será evidentemente uno de los más convincentes argumentos de venta del lujoso sedán, que vio la luz hace apenas unos meses en el Auto Show de Shangai, y del que se fabricarán no más de 20 mil unidades al año, cerca de una cuarta parte de ellas destinadas a los Estados Unidos.