Néstor, enfermo por la contaminación, camina junto a su madre Graciela por los polvorientos caminos de la colonia donde reside en Tijuana.[Fotos: Aurelia Ventura/La Opinión]
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Segunda parte de una serie

TIJUANA, México.— El pecho de Néstor Rodríguez está tan atiborrado de flema como de excremento el lugar donde juega.

"Es la fregada contaminación", explica la madre en tono frustrado. Con sólo cinco años, Néstor se imagina que esa cosa, la contaminación, es muy mala porque todo el año lo tiene escupiendo flema y "tosiendo como perro", comenta. Su voz se escucha ahogada tras el tapabocas blanco que su madre le puso y que cubre la mitad de su carita.

Pero en la colonia Terrazas de San Bernardo, a menos de 15 minutos de caminata del muro fronterizo, que divide las barriadas de Tijuana con la prospera ciudad de San Diego, abundan los pequeños como Néstor.

Desde las precarias viviendas, hechas de lámina y desechos, los niños alcanzan a ver una fila de enormes edificios a lo lejos. Es su vecino San Diego.

Un pestilente río anegado de desechos, animales muertos, llantas, basura y químicos pasa justo frente a las casas de los pequeños.

El olor de los animales muertos y descompuestos bajo el sol, del excremento, parece no molestar a los menores que juegan felices entre la inmundicia.

"La mayoría de los habitantes de estas colonias son migrantes que llegaron con la idea de cruzar para el otro lado, pero se fueron quedando y después se trajeron a sus familias y comenzaron a poblar estos cañones. Son la mano de obra barata de las maquilas estadounidenses", explica Miriam López, oceanógrafa de la agencia Air Island Institute, una organización ambiental no lucrativa con sede en San Francisco.

En efecto, San Bernardo surgió de la nada. Con residentes de todo México, pero también de Centro y Sur América.