Segunda parte de una serie
TIJUANA, México.— El pecho de Néstor Rodríguez está tan atiborrado de flema como de excremento el lugar donde juega.
"Es la fregada contaminación", explica la madre en tono frustrado. Con sólo cinco años, Néstor se imagina que esa cosa, la contaminación, es muy mala porque todo el año lo tiene escupiendo flema y "tosiendo como perro", comenta. Su voz se escucha ahogada tras el tapabocas blanco que su madre le puso y que cubre la mitad de su carita.
Pero en la colonia Terrazas de San Bernardo, a menos de 15 minutos de caminata del muro fronterizo, que divide las barriadas de Tijuana con la prospera ciudad de San Diego, abundan los pequeños como Néstor.
Desde las precarias viviendas, hechas de lámina y desechos, los niños alcanzan a ver una fila de enormes edificios a lo lejos. Es su vecino San Diego.
Un pestilente río anegado de desechos, animales muertos, llantas, basura y químicos pasa justo frente a las casas de los pequeños.
El olor de los animales muertos y descompuestos bajo el sol, del excremento, parece no molestar a los menores que juegan felices entre la inmundicia.
"La mayoría de los habitantes de estas colonias son migrantes que llegaron con la idea de cruzar para el otro lado, pero se fueron quedando y después se trajeron a sus familias y comenzaron a poblar estos cañones. Son la mano de obra barata de las maquilas estadounidenses", explica Miriam López, oceanógrafa de la agencia Air Island Institute, una organización ambiental no lucrativa con sede en San Francisco.
En efecto, San Bernardo surgió de la nada. Con residentes de todo México, pero también de Centro y Sur América.
La contaminación se ha recrudecido en los últimos años con el rápido crecimiento de Tijuana, una ciudad de poco más de 1.3 millones residentes que crece a un promedio de 80,000 nuevos habitantes por año.
El gobierno mexicano tiene identificados al menos 109 maquiladoras que usan químicos tóxicos, solamente en la zona de Tijuana.
La cadena de riachuelos que dan vida al llamado río Tijuana, desemboca justo al otro lado de la frontera, en los valles de San Diego para luego unirse al mar.
Este caudal vive ahogado en neumáticos que sus residentes colocan para evitar que la corriente dañe sus propiedades, pero recientemente a la contaminación del río se le sumó la perenne cortina de tierra que levantaron las máquinas excavadoras tras la construcción del segundo muro fronterizo en esta región.
Costras dolorosas en su piel y una infección en los riñones fueron para José Antonio Rodríguez, un niño de siete años, efecto de la gruesa capa de tierra que provocó la construcción del muro.
"Lo llevé al doctor y me dijo que era por toda esa suciedad del muro", explica su madre María, una mujer de dentadura amarilla opaca cuyos hijos y nietos sufren también un desarrollo deficiente, un síntoma común provocado por la contaminación, así como exceso de plomo en la sangre, al menos el doble que lo normal, alergia, asma, abortos y nacimientos prematuros, de acuerdo con el reporte de la EPA, Frontera 2012.
"Mi nietecita nació ‘rechiquita’, cabía en una cajita de zapatos y se me logró", narra María, ignorante de que el responsable es medio ambiente.
Zona en extinción
Pero al otro lado de la frontera, los desechos de México le quitan el sueño a muchos ambientalistas.
La inmundicia que arrastra el río Tijuana amenaza con acabar uno de los pocos humedales costeros de California que aún sobrevive.
Ecologistas, como Óscar Romo, están luchando por preservar los pantanos del sur San Diego y proteger la zona de la tierra suelta, la basura y contaminantes que llegan a través del río de los barrios pobres de Tijuana.
"Esta zona es única en el mundo y ahora más que nunca vive una fuerte amenaza", declaró Romo, director del programa de la Reserva Nacional de Investigación del Estuario del río Tijuana.
Hasta ahora más de 90% de los pantanos de California ya se han perdido y las
2,500 hectáreas del llamado estuario de Tijuana, una zona tres veces mayor al Parque Central de Nueva York, ha permanecido prácticamente inalteradas a pesar de estar rodeada por el desarrollo en ambos lados de la frontera.
"Resulta frustrante –reconoce López- motivarlos y explicarles que cuiden el medio ambiente. Nos acercamos a las familias de los cañones y les decimos que toda esta basura va matar a un parque natural, único y muy bonito que existe al otro lado del muro, pero la respuesta es triste desde cualquier ángulo, porque para ellos la prioridad es que van a comer al día siguiente, que van a vestir y el medio ambiente realmente queda relegado", indicó.
Segunda parte de una serie
TIJUANA, México.— El pecho de Néstor Rodríguez está tan atiborrado de flema como de excremento el lugar donde juega.
"Es la fregada contaminación", explica la madre en tono frustrado. Con sólo cinco años, Néstor se imagina que esa cosa, la contaminación, es muy mala porque todo el año lo tiene escupiendo flema y "tosiendo como perro", comenta. Su voz se escucha ahogada tras el tapabocas blanco que su madre le puso y que cubre la mitad de su carita.
Pero en la colonia Terrazas de San Bernardo, a menos de 15 minutos de caminata del muro fronterizo, que divide las barriadas de Tijuana con la prospera ciudad de San Diego, abundan los pequeños como Néstor.
Desde las precarias viviendas, hechas de lámina y desechos, los niños alcanzan a ver una fila de enormes edificios a lo lejos. Es su vecino San Diego.
Un pestilente río anegado de desechos, animales muertos, llantas, basura y químicos pasa justo frente a las casas de los pequeños.
El olor de los animales muertos y descompuestos bajo el sol, del excremento, parece no molestar a los menores que juegan felices entre la inmundicia.
"La mayoría de los habitantes de estas colonias son migrantes que llegaron con la idea de cruzar para el otro lado, pero se fueron quedando y después se trajeron a sus familias y comenzaron a poblar estos cañones. Son la mano de obra barata de las maquilas estadounidenses", explica Miriam López, oceanógrafa de la agencia Air Island Institute, una organización ambiental no lucrativa con sede en San Francisco.
En efecto, San Bernardo surgió de la nada. Con residentes de todo México, pero también de Centro y Sur América.