Óscar Romo, director de la Reserva Nacional de Investigación del Estuario del Río Tijuana, señala la carretera Smuggler's Gulch. [fotos: Aurelia Ventura/La Opinión]
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Primera parte de una serie

SAN DIEGO.— Llantas, animales muertos y todo tipo de basura...De entre las garras de las máquinas excavadoras surgen toneladas de inmundicias, ya nada sorprende a los trabajadores que laboran bajo el muro metálico construido entre México y Estados Unidos, una zona donde se ha formado otra barda, una de desperdicios que amenaza con venirse abajo apenas se asomen las primeras lluvias de la temporada.

Son la seis de la mañana del 7 de noviembre. Desde hace 36 días, un grupo de trabajadores apilan más de 17 toneladas diarias de llantas y basura que surgen de este lugar.

Al morder la tierra, los filosos dientes de la maquinaria producen un sonido ensordecedor al tiempo que levantan altas cortinas de polvo. En el aire vuelan partículas de excremento, aceites, desechos químicos de las maquiladoras vecinas. Todo se pierde en el aire, en un proceso que se repite por horas.

Según expertos, bastaría menos de dos pulgadas de lluvias para que se produzca una inundación que contamine las cosechas en San Diego y acabe con el ganado.

Ya sucedió una vez, en febrero pasado, pero el peligro sigue latente y las autoridades lo saben. El 10 de septiembre declararon a esta región zona de desastre y destinaron 4.4 millones de dólares para la limpieza de los canales de desagüe del río Tijuana, ahora, lo que todos se preguntan es si limpiar resolverá el problema.

La basura contribuye al peligro pero no es la responsable, recalca Óscar Romo, director del programa de la Reserva Nacional de Investigación del Estuario del Río Tijuana.

El culpable directo de las inundaciones es la segunda pared metálica construida para proteger la franja fronteriza afirma Romo y cientos de investigadores que como él, previnieron a las autoridades del impacto ecológico que la barda provocaría.