Alfredo Aguilar sale de ‘La Cueva del Diablo’ apenas se levanta el sol para iniciar la busqueda de trabajo y si, tiene suerte, de comida. (FOTO: Manny Patiño/EDLP)
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Martín González, un hondureño de 30 años que recién llegó a la cueva hace una semana, no puede encontrar trabajo a pesar de que asegura que es un experto en la construcción.

De los cinco inmigrantes entrevistados es el único que tiene familia en el área, pero está separado y decidió irse de su casa ante la presión de su esposa porque no traía dinero al hogar.

Dos de los entrevistados coincidieron en que no van al refugio que funciona en el YMCA de Plainfield porque las veces que han ido no había cupo y decidieron no regresar.

Carmen Salavarrieta, activista comunitaria y miembro de la junta directiva del Centro Hispanoamericano, explica que muchos desamparados “no saben que existen refugios, otros tienen miedo de acudir por la barrera del idioma, porque son indocumentados o sencillamente porque no quieren”. “No es mucho lo que se puede hacer si ellos no buscan ayuda”, aseguró.

Todos los hombres mantienen la esperanza de volver a encontrar un trabajo que les permita volver a vivir en una casa y de una forma más digna.

Aseguran que en la solidaridad de sus compañeros encuentran un alivio a las penurias diarias.

Alfredo Aguilar, un salvadoreño de 37 años, explica que los inmigrantes que viven con él en la “cueva” se han convertido como en su familia.

“De lo malo sacamos lo bueno, a veces nos pasamos toda la noche contando chistes y así se nos va el tiempo”, asegura.

En la casa de algún amigo tratan de bañarse por lo menos una vez a la semana. El Centro Hispanoamericano de Plainfield les provee de ropa y comida, cuando van a buscarla.