PLAINFIELD, NUEVA JERSEY — Desde hace varios meses, un grupo de inmigrantes que perdieron su empleo o no pueden encontrar uno debido a la crisis económica viven a la intemperie, en cuevas improvisadas en Plainfield y North Plainfield.
Las cuevas son un testimonio de la dureza con que la crisis está golpeando a los inmigrantes, especialmente a los jornaleros indocumentados, a los que es más difícil acceder a la ayuda del gobierno, y que quedan literalmente a su merced tras perder sus empleos.
En las ciudades de Plainfield y North Plainfield, en el condado Union, existen tres sitios en los que decenas de inmigrantes desamparados han improvisado sus viviendas.
Cinco de estos inmigrantes, de origen centroamericano y que viven desde hace tres meses en lo que denominan “cuevas”, accedieron a contarle a EL DIARIO/LA PRENSA la historia de cómo perdieron sus trabajos y acabaron en las “cuevas” cuando no pudieron pagar más los cuartos que ocupaban.
Vestido una chaqueta, tres sacos y una gorra para combatir las gélidas temperaturas, Demesio Florez, un salvadoreño de 45 años, explica que trabajaba en una factoría de empaque, llevando “una vida normal”, hasta que lo despidieron en septiembre pasado.
“Entonces mi vida cambió, no pude pagar los $300 mensuales de renta del cuarto y me quedé en la calle”, aseguró. Ahora vive con un grupo de entre 6 y 10 inmigrantes desamparados en un lugar al que han bautizado como “cueva del diablo”. Todos se hallan en su misma situación: desempleados y sin dinero para pagar la renta de un cuarto.
Respecto al nombre, la “Cueva del Diablo”, Florez explica en tono irónico que es “porque los que vivimos aquí le hacemos frente a la vida y no cualquiera lo hace”.
El improvisado refugio, hecho debajo del porche de una vivienda abandonada en las inmediaciones de Plainfield, tiene unos 8 por 12 pies de planta por 4 de altura y al mismo solo se puede ingresar arrodillado. En este espacio duermen los inmigrantes desamparados, acostados sobre cartones y protegidos únicamente con una frazada.
Por fuera el sitio es imperceptible, porque está cubierto con maderas cruzadas que muy poco dejan ver hacia el interior, pero que no impiden que el gélido viento penetre con efectos devastadores para sus vulnerables moradores.
La policía ocasionalmente retira a los hombres del lugar, pero ellos siempre regresan.
“Este sitio es mejor que andar deambulando por las calles toda la noche”, afirma Israel Rodríguez, un salvadoreño de 43 años que lleva tres meses viviendo en la “Cueva del Diablo” luego de perder su trabajo como jardinero en un club de golf.
Rodríguez es de los cinco el más afectado por el frío. Durante la entrevista, no deja de temblar y aunque siempre contesta esbozando una sonrisa, su mirada refleja incertidumbre cuando asegura que lo único que necesita “es un trabajo para poder vivir”.
Los hombres explican que cuando consiguen trabajo, que es muy ocasional en estos tiempos de crisis, compran comida caliente.
Un día normal de estos hombres empieza sobre las 7 de la mañana cuando se paran en la esquina de la calle East Front y la avenida Central, en Plainfield, y esperan hasta las 10 u 11 de la mañana, hora en que si no han encontrado trabajo, ya saben que será otro día que pasarán en blanco.
En ocasiones buscan comida en la basura de algún negocio del área, a veces la gente les da algo de dinero para comprarse una sopa, otras veces se deben ir con el estómago vacío.
Martín González, un hondureño de 30 años que recién llegó a la cueva hace una semana, no puede encontrar trabajo a pesar de que asegura que es un experto en la construcción.
De los cinco inmigrantes entrevistados es el único que tiene familia en el área, pero está separado y decidió irse de su casa ante la presión de su esposa porque no traía dinero al hogar.
Dos de los entrevistados coincidieron en que no van al refugio que funciona en el YMCA de Plainfield porque las veces que han ido no había cupo y decidieron no regresar.
Carmen Salavarrieta, activista comunitaria y miembro de la junta directiva del Centro Hispanoamericano, explica que muchos desamparados “no saben que existen refugios, otros tienen miedo de acudir por la barrera del idioma, porque son indocumentados o sencillamente porque no quieren”. “No es mucho lo que se puede hacer si ellos no buscan ayuda”, aseguró.
Todos los hombres mantienen la esperanza de volver a encontrar un trabajo que les permita volver a vivir en una casa y de una forma más digna.
Aseguran que en la solidaridad de sus compañeros encuentran un alivio a las penurias diarias.
Alfredo Aguilar, un salvadoreño de 37 años, explica que los inmigrantes que viven con él en la “cueva” se han convertido como en su familia.
“De lo malo sacamos lo bueno, a veces nos pasamos toda la noche contando chistes y así se nos va el tiempo”, asegura.
En la casa de algún amigo tratan de bañarse por lo menos una vez a la semana. El Centro Hispanoamericano de Plainfield les provee de ropa y comida, cuando van a buscarla.
La segunda cueva se encuentra detrás del estacionamiento de un edificio en construcción, en las inmediaciones de Plainfield, y se la conoce como “la cueva Ciguanaba”. En ella viven unas 10 personas. La tercera cueva está en el área de North Plainfield y es una cueva junto a un puente donde caben dos o tres personas.
Consultados sobre si desearían volver a sus países de origen para no seguir viviendo en las condiciones actuales, los cinco hombres coincidieron en que regresar sería peor porque acá tienen la esperanza que su situación cambiara.
Salvatierra dice que la situación es “conmovedora, son hombres que todos los días luchan por conseguir trabajo, comida, vivienda, no molestan a nadie”.
La alcaldesa de Plainfield, Sharon Robinson-Briggs, se mostró visiblemente sorprendida al enterarse del caso y lamentó la situación de los hombres, pero aseguró que la ciudad “provee servicio a todo el que lo necesite”.
Sin embargo, la alcaldesa reconoció que muchos inmigrantes “ignoran a donde acudir” y dijo que la ciudad “tiene que desarrollar algún medio para que esta asistencia les llegue”.
Maria.loboguerrero@eldiariony.com