Alfredo Aguilar sale de ‘La Cueva del Diablo’ apenas se levanta el sol para iniciar la busqueda de trabajo y si, tiene suerte, de comida. (FOTO: Manny Patiño/EDLP)
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El improvisado refugio, hecho debajo del porche de una vivienda abandonada en las inmediaciones de Plainfield, tiene unos 8 por 12 pies de planta por 4 de altura y al mismo solo se puede ingresar arrodillado. En este espacio duermen los inmigrantes desamparados, acostados sobre cartones y protegidos únicamente con una frazada.

Por fuera el sitio es imperceptible, porque está cubierto con maderas cruzadas que muy poco dejan ver hacia el interior, pero que no impiden que el gélido viento penetre con efectos devastadores para sus vulnerables moradores.

La policía ocasionalmente retira a los hombres del lugar, pero ellos siempre regresan.

“Este sitio es mejor que andar deambulando por las calles toda la noche”, afirma Israel Rodríguez, un salvadoreño de 43 años que lleva tres meses viviendo en la “Cueva del Diablo” luego de perder su trabajo como jardinero en un club de golf.

Rodríguez es de los cinco el más afectado por el frío. Durante la entrevista, no deja de temblar y aunque siempre contesta esbozando una sonrisa, su mirada refleja incertidumbre cuando asegura que lo único que necesita “es un trabajo para poder vivir”.

Los hombres explican que cuando consiguen trabajo, que es muy ocasional en estos tiempos de crisis, compran comida caliente.

Un día normal de estos hombres empieza sobre las 7 de la mañana cuando se paran en la esquina de la calle East Front y la avenida Central, en Plainfield, y esperan hasta las 10 u 11 de la mañana, hora en que si no han encontrado trabajo, ya saben que será otro día que pasarán en blanco.

En ocasiones buscan comida en la basura de algún negocio del área, a veces la gente les da algo de dinero para comprarse una sopa, otras veces se deben ir con el estómago vacío.