POSTVILLE, Iowa/AP
— Una sensación de desasosiego domina este pueblo del noreste de Iowa, cuyas colinas muestran un vivaz contraste de graneros rojos, casas de madera blancas y plantaciones de maíz.Esa inquietud era palpable en el centro de Postville, tres cuadras que incluyen restaurantes que sirven tamales, la tienda de ropa El Vaquero, un mercado de comida kosher y una licorería.
Irma Rucal se sentía nerviosa el lunes siguiente al Día de la Madre, cuando esta guatemalteca trabajaba su turno normal en Agriprocessors, la empacadora de carne kosher más grande del mundo y la principal fuente de empleos de Postville.
Poco después de las 10 de la mañana, alguien gritó: “¡La Migra! ¡Sálvese quien pueda!”.
El grueso de los 900 trabajadores, en su mayoría mexicanos y guatemaltecos, salió corriendo, escapándole a los agentes de inmigración en lo que fue la redada más grande jamás hecha en un sitio de trabajo en busca de indocumentados.
Afuera de la planta, el alcalde de Postville, Robert Penrod, a quien se informó de la operación poco antes de que se pusiese en marcha, observaba atónito la llegada de helicópteros, autobuses, camionetas y personal del servicio de inmigración. “Dios mío, tenemos un problema serio”, pensó Pernod.
Desde hace años, si no décadas, estas familias mexicanas y guatemaltecas se sienten como en casa en Postville, un pueblo que recibió a luteranos alemanes y noruegos, así como católicos irlandeses hace más de 150 años y en tiempos recientes se llenó de hispanos que forman familias, compran casas y abren negocios.
Con el tiempo, pasaron a ser parte integral del pueblo. Pero ahora se los veía escondiéndose o siendo esposados por agentes de inmigración.
Fue como si un tornado hubiese cruzado el pueblo, devorándose las viviendas. Un verdadero desastre. Obra del hombre, pero desastre al fin. Tres meses después de la redada, esa es la visión que tiene la gente de lo sucedido el 12 de mayo.
Se alteraron numerosas vidas. Mucha gente perdió su empleo y su vivienda. Los chicos se separaron de sus padres. Hay comercios a punto de quebrar.
La comunidad se unió para ayudar a las víctimas.
En los días que siguieron a la redada, abundaron las donaciones de alimentos, ropa y dinero enviados a Santa Brígida, que pasó a ser santuario para casi 400 inmigrantes, y a la despensa del pueblo. “Hay mucha gente que necesita ayuda. No podemos tirarlos a la calle”, expresó el alcalde. “Son nuestra familia. Se establecieron aquí, trabajaban aquí, criaban sus familias aquí”.
Todo el pueblo parece abrumado por la tensión y la incertidumbre.
El dueño de un almacén mexicano pegado al restaurante Sabor Latino, Juan Figueroa, consideró la posibilidad de cerrar el local.
Postville perdió casi una cuarta parte de su población de 2,300 habitantes, incluidos 389 empleados de Agriprocessors que fueron arrestados y decenas de personas que huyeron o están escondidas.







