La asistente social Lourdes Cienfuegos (der.), escucha las penurias de Araceli Becerra. [Foto: Aurelia Ventura/La Opinión]
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PRIMERA PARTE

"No soy la primera", dice a manera de consuelo Sara Espinosa, cuando platica que prefirió dormir en la calle antes que dejar a su hijo de 12 años en un albergue para hombres.

Sara es una indigente. Como lo son ahora cientos de residentes en el condado del Valle Imperial, el de mayor pobreza en todo California.

Y es que aquí, aún cuando la economía era buena, la oportunidad de una vida digna nunca tocó sus puertas. Ahora, para ellos, el reto de sobrevivir representa una prueba histórica.

Ubicado justo en la línea fronteriza entre California y México, este condado ocupa la tercera posición entre las cinco comunidades de mayor penuria de Estados Unidos, con una población menor a los 150 mil habitantes.

Aquí, la tasa de desempleo ya supera el 24%, casi cuatro veces más que el promedio nacional, y una de cada 18 familias han perdido sus viviendas.

Sara fue una de ellas. En la calle, sin dinero y sin trabajo, el albergue para mujeres le ofreció asilo con sus dos hijas, pero Isaac, el tercero de sus hijos, debería ir a un lugar para hombres.

"Me fui a dormir al carro con mis hijos, hasta que después otros albergues me ayudaron", explica.

Desde cualquiera de las carreteras que conectan los 17 poblados que conforman este condado, el contraste entre ser uno de los sectores agrícolas más importantes de la nación y la carencia extrema de sus habitantes parece un premio a la ironía.

El hambre en la tierra del maíz y los vegetales es profunda. Uno de cada cuatro de sus residentes vive con menos de 22 mil dólares al año y siete de cada 10 de ellos son hispanos.