NUEVA YORK (AP) ” Si tiene hijos a punto de terminar la escuela secundaria, su próxima vacación difícilmente sea en Europa o algún otro sitio atractivo. Lo más probable es que termine haciendo el Gran Recorrido de las Universidades.

En lugar de museos y cafés en Londres o Roma, o de playas caribeñas, recorrerá patios, dormitorios y comedores desde la Universidad Estatal de San Diego, en el sudoeste, hasta la de Maine, en el noroeste del país. En vez de calcular el cambio a euros, tratará de comprender la importancia de los promedios de notas, las Pruebas de Aptitud Académica (SAT, en inglés) y de asimilar el gasto más grande en que incurrirá en su vida, con excepción del de la compra de una casa: el precio de la matrícula.

El costo y la admisión, un tortuoso trámite en el que inciden las notas de la secundaria, las actividades extracurriculares y un ensayo escrito por el estudiante, son tan solo algunos aspectos del proceso. Otro igualmente complejo es elegir la universidad a la que uno va a ir. Esa decisión conlleva rigurosos análisis de lo que ofrece cada universidad y visitas a las instituciones que uno está considerando.

Si usted fue a la universidad por allá por el siglo XX, probablemente se pregunte cómo fue que este proceso se tornó tan complicado y por qué requiere un esfuerzo tan grande de los padres. Cuando yo iba a la escuela secundaria, yo misma solicité la admisión a una universidad. Me admitieron y eso fue todo. Vi por primera vez las instalaciones el día que me mudé a sus dormitorios, llevando conmigo mis álbums, reunidos en un cajón de leche. Dudo que hoy me admitirían: La única evidencia que suministré de actividades extracurriculares fue una recomendación de una vecina. "A quien corresponda", escribió la vecina a mano. "Beth es muy buena cuidando niños. Sinceramente, Sra. Beitchman".