Hace lo que más le gusta: recorrer California dando charlas y motivando a las personas para que aprendan a comer. Pero para llegar a convertirse en una experta en nutrición, Cristal Muñoz tuvo que vivir en carne propia lo que significa ser obeso.
Cuenta que su sobrepeso comenzó a gestarse a los tres años, cuando su mamá se casó. Según ella, el sentimiento de soledad que la invadió, la llevó a refugiarse en la comida. "Me sentí abandonada, así que comía para sentirme bien, por lo que comencé a ingerir cantidades excesivas de dulces, galletas, panes. En general, todo lo que estuviera a la mano".
De ahí no paró más y a los siete años ya pesaba 90 libras, lo equivalente a una joven de 12, aproximadamente. La gordura continuó en la adolescencia, acompañada por otras afecciones a la salud, como alergias, cansancio crónico y fuertes migrañas, pero cuando cumplió 16, se dio cuenta de que era hora de parar.
"Supe que no quería ser gorda toda la vida", explica. Pero fue por el camino equivocado. "Decidí dejar de comer en exceso, pero lo hice mal. No tomaba desayuno y después, a las 10 de la mañana, me agarraba el hambre y me comía una bolsa de Cheetos. O evitaba la comida sólida durante el día, pero en la noche me tomaba todo el helado… Era un desastre total".
Hasta que un día llegó el cambio. Luego de que su madre asistiera a un seminario sobre nutrición, la forma de comer en casa cambió. "Mi mamá tomó medidas drásticas. Dejó de comprar sodas, cereales y galletas y vimos que cuando no tuve acceso a la comida chatarra, comencé a bajar de peso y desaparecieron las migrañas y demás enfermedades relacionadas con la obesidad".







