La noticia de la liberación de los rehenes de las FARC en Colombia nos llena de regocijo y beneplácito. No hay nada más inhumano y degradante que la privación de la libertad y no existe mayor alegría que ver libres a estas personas que estuvieron secuestradas en las selvas de Colombia por más de seis años.
La mayor satisfacción es para los familiares de los rehenes liberados, como la ex congresista Ingrid Betancourt, los tres ciudadanos estadounidenses y los 11 miembros de la Policía o el Ejército de esa nación suramericana. Nos unimos a su dicha y enarbolamos desde esta sala de redacción la bandera de la paz para que este acto sea el comienzo de un proceso de paz que termine con la barbarie y las matanzas que han enlutado al pueblo colombiano.
El juego cruzado entre la guerrilla, los militares, los paramilitares, los criminales comunes y la violencia que genera el narcotráfico debe llegar a su fin en Colombia. La justicia esta obligada a seguir su curso para señalar y condenar a los culpables de una violencia que no ha dejado sino muertos y pobreza y ha impedido el desarrollo de Colombia.
El dialogo, la tolerancia y la equidad son los principios sobre los cuales Colombia debe comenzar a construir un nuevo destino fundamentado en el interés común de sus ciudadanos y el respeto de la comunidad internacional.









