En la colonia Villas de Salvarcar, en Ciudad Juárez, la vida aparentemente transcurre con normalidad, pero persiste el recuerdo de la matanza del 30 de enero. Gardenia Mendoza/La Opinión
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MÉXICO, D.F.— Bertha Camacho escuchó detonar las armas y los gritos de horror que fueron el inicio de la tragedia de su familia que quedó hecha pedazos: el marido cayó muerto; el hijo de 17 años quedó lisiado; otro de 12 años, traumatizado; las niñas sin escuela y una casa expuesta a nuevas agresiones.

De eso hace casi un año y sin ayuda alguna: el gobierno mexicano sólo la apoyó a medias, durante los dos meses siguientes a la masacre de Villas de Salvarcar en Ciudad Juárez. Después quedó a su suerte.

Sin terapia sicológica ni tratamiento médico; sin seguridad personal ni becas escolares y mucho menos empleo: todo lo que el mandatario mexicano, Felipe Calderón, prometió personalmente, "conmovido" por el infortunio.

Aquella noche del 31 de enero pasado murieron 13 muchachos de entre 15 y 20 años y un adulto cuando celebraban la victoria del equipo local de futbol americano Jaguares, cuando un comando armado disparó a mansalva en una casa particular, aparentemente por error.

En los días siguientes llegó la plana mayor del gobierno, encabezada por el primer mandatario y funcionarios de todas las secretarías, en un intento por corregir el error de Calderón de llamar "delincuentes" a las víctimas en un improvisado comentario.

Crearon el programa Todos somos Juárez, se compadecieron de la situación en la entidad de 1.2 millones de habitantes que reporta seis ejecuciones diarias, y ofrecieron becas, terapias, casas, despensas, vigilancia y hasta algunos apoyos para visas de víctimas en riesgo.

"Todos los días vuelvo a vivir aquel momento en que desde mi casa oí la balacera y salgo corriendo para darme cuenta que estoy en otro momento", comenta, vía telefónica, Bertha, de 42 años y madre de cuatro niños que enviudó en la masacre. "Ni un solo día dejamos de hablar de lo que pasó".