"Lo grave es que México, en especial el Distrito Federal, se ha convertido de un día para otro en un lugar apestado". Lea la crónica completa en www.elmensajero.com [Foto: María A. Mejía/El Mensajero].
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MÉXICO, D.F.— Sábado 25 de abril, 6:00 p.m. de la tarde: llegada a la Ciudad de México. La primera imagen que se ve al bajar del avión procedente de San Francisco es una que otra persona con tapabocas, la mayoría parece ser turista. Yo traigo el mío en la bolsa, pero me da vergüenza ponérmelo. Pienso que es innecesario y que los viajeros son unos exagerados.

Al seguir caminando por el aeropuerto Benito Juárez hacia el reclamo de equipaje, veo las caras de algunos compatriotas mexicanos, empleados de la terminal aérea que también llevan puesto el cubrebocas; todavía no me animo a ponérmelo. Cruzo la puerta luego de pasar por el semáforo en verde de migración y veo la alegría en los ojos de mi mamá que me espera, su sonrisa no se ve, está cubierta por el azul de su barbijo. En ese momento saco mi tapabocas de la bolsa y me lo pongo. Ahí tomó conciencia de que el problema es más serio de lo que yo había imaginado.

Un día antes, la noticia de la influenza porcina ya se había difundido en California, así que iba preparada para enfrentar mi semana de vacaciones sin paga —por la crisis económica en Estados Unidos— en medio de una epidemia provocada por un extraño tipo de gripe que no sonaba tan amenazante.

Quién me iba a decir que días después, la incipiente epidemia de influenza porcina se convertiría en una potencial pandemia con alcances globales y la posibilidad de causar muertes.

Ese sábado todavía pienso que la situación no es tan grave, hay peligro potencial pero aún no lo siento palpable. Decido ir a cenar tacos al pastor (hechos de carne de cerdo), con mi familia. Hay restaurantes abiertos en la colonia Condesa. Lo único que nos dice el mesero del Tizoncito es que los antros y bares cerrarán temprano a eso de las 11:00 p.m. La decisión me parece apropiada, aunque me decepciona.