Mauricio Fernández no podía estar más contento el sábado.

No sólo prestaba juramento como alcalde de San Pedro Garza García, población de la zona conurbada de Monterrey y una de las de mayores ingresos del norte de México, sino que también tenía grandes noticias que anunciarles a sus simpatizantes.

"Por cierto, ahorita me acaban de informar que el Negro Saldaña, que aparentemente es el que estaba pidiendo mi cabeza, hoy amaneció muerto en el Distrito Federal", dijo.

El único problema fue que el cadáver de Héctor Saldaña, descalzo y con los ojos vendados, apareció sólo tres horas y media más tarde, según los fiscales de la Ciudad de México, y que su cuerpo fue identificado dos días después.

Ahora, un país acosado por los carteles de la droga, que normalmente no presta atención a los incesantes secuestros, extorsiones y ejecuciones, no puede dejar de hablar de un crimen intrincado que parece vincular a narcotraficantes y políticos.

El alcalde Fernández enfrenta duras preguntas sobre la muerte de Saldaña. ¿Cómo se enteró que su enemigo estaba muerto antes que las autoridades? ¿Tiene vínculos con el cartel que lo habría matado?

Y ¿qué quiso decir exactamente cuando afirmó en su discurso de asunción que Saldaña y sus cómplices "van a entender por las buenas o por las malas, no aceptamos ningún tipo de secuestros en San Pedro Garza García, y lo pagarán con su propia cara"?

La respuesta inicial del alcalde en una serie de entrevistas ha sido que "a veces se dan coincidencias en la vida; mejor verlo así".

Ante la insistencia de los periodistas, Fernández ofreció una explicación misteriosa. Dijo que autoridades estadounidenses le habían avisado que alguien había interceptado comunicaciones entre narcotraficantes donde escuchó que Saldaña planeaba matarlo. Y afirmó que fuentes de inteligencia le dijeron que Saldaña estaba muerto horas antes de que aparecieran los cuerpos.