NUEVA YORK.— Hasta la temporada pasada, cada vez que se presentaba Tristán e Isolda en la Ópera Metropolitana la pregunta era quiénes harían los papeles protagónicos. Esta vez hubo sendos debuts en ambos papeles, pero la verdadera noticia estaba en el foso de la orquesta.
El director Daniel Barenboim, en su esperado debut con la compañía, obtuvo una respuesta inspirada de la orquesta, imbuida de pasión y anhelo junto con una sensación de fatalismo. Rara vez se ha escuchado tanta melancolía en el preludio del tercer acto, sobre todo en el ataque de la repetición de la estremecedora frase inicial, cuando Tristán agoniza.
En efecto, Barenboim dijo en una mesa redonda reciente que para él, el tema de Tristán no es un amor trágico sino la muerte.
"Y es esa muerte", dijo, "el miedo de morir y el anhelo de la muerte como única salida posible al enredo en que se encuentran, ésta es, si se quiere, la locomotora, el motor de la ópera".
Abundaron los matices originales: la resonancia de las cuerdas cuando Isolda recuerda cómo miró a Tristán, herido, a los ojos y se desvaneció la voluntad de matarlo; el trino burlón de la orquesta cuando Kurwenal, el camarada de Tristán, anuncia el arribo a Cornualles; los etéreos acordes finales, que Barenboim prolongó como aferrándose a las últimas notas.
Pero la ópera depende de los cantantes, y aquí la ejecución mostró altibajos. La soprano sueca Katarina Dalayman, que hizo el papel de Brangaene cuando esta producción de Dieter Dorn debutó en 1999, tiene una voz bella, cálida y flexible. Pero le falta potencia para un papel dramático como el de Isolda, y a pesar de los esfuerzos de Barenboim por detener el torrente, a veces tenía dificultades para alzarse por encima de la orquesta. Sus si y do agudos fueron exactos, pero el esfuerzo era evidente.










