Jim Carrey en ‘A Christmas Carol’. John Bramley]
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Hay una palabra que define a Robert Zemeckis a la perfección: visionario.

El realizador de cintas tan populares y taquilleras como la trilogía Back to the Future, Romancing the Stone y Cast Away, siempre se ha caracterizado por un interés en ir más allá de la tecnología disponible en manos de los directores para descubrir nuevos métodos con los que contar una historia.

Ya fuera insertando un conejo juguetón frente a Bob Hoskins en Who Framed Roger Rabbit, creando un agujero inmenso en la barriga de Goldie Hawn que la cámara atravesó en Death Becomes Her, resucitando a Kennedy en Forrest Gump o llevando a Jodie Foster al futuro en Contact, Zemeckis es un experto en combinar la narrativa tradicional con los más avanzados efectos visuales. Desde hace cinco años, el autor de What Lies Beneath se ha concentrado exclusivamente en la dirección de películas filmadas empleando el sistema de captura de movimiento.

Es un estilo peculiar de animación que filma a los actores en un estudio de paneles verdes; cada intérprete tiene enganchados en sus cuerpos decenas de sensores y cámaras que graban sus expresiones y movimientos. La información es contenida en una computadora en la que, después, se añaden los decorados y efectos.

Primero fue The Polar Express, luego le tocó el turno a Beowulf y ahora llega a las pantallas A Christmas Carol, la adaptación de la celebrada novela de Charles Dickens, que se estrena el viernes.

Al igual que esos dos filmes, esta cinta será exhibida también en formato tri dimensional, aumentado así la inmersión del espectador en el relato.

Jim Carrey da vida a siete personajes distintos, entre ellos el temible y ávaro Mr. Scrooge, y los tres fantasmas que se le aparecen —el del Pasado, el Presente y el Futuro—, que le recriminan su actitud con aquellos que lo rodean especialmente durante las Navidades.