PLAINFIELD, NEW JERSEY.— En septiembre, los países de Centroamérica conmemoran sus Fiestas Patrias; sin embargo, para los representantes de los pueblos indígenas que han emigrado al área triestatal, el consenso general es que es más importante celebrar las festividades religiosas, que las de independencia.
Para Gonzalo Rivera la lucha es doble, ya que quiere mantener vivas sus costumbres indígenas mexicanas y a la vez integrarse a la cultura de un país que lo acogió hace 14 años.
Si bien son importantes por el significado que tienen, Rivera no celebra las fiestas patrias mexicanas de ninguna manera especial, por su trabajo, o a veces porque se le olvida.
"Para mí, lo que es sagrado es el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, para esa fecha nos preparamos todo el año".
Rivera es un hombre de 34 años, orgulloso de su raíz indígena, oriundo de la población de La Magdalena Yancuitlalpan, distrito de Atlixco, Estado de Puebla. Al hombre se le hincha el pecho al decir que habla náhuatl, un dialecto que aprendió con sus abuelos y que a pesar del tiempo y la distancia trata de transmitir a sus tres hijos.
Su esposa, Hortensia, aunque entiende el náhuatl, no lo habla con la misma fluidez que Gonzalo, quien aclara que a sus hijos de 9, 4 y 1 año "les hablo palabritas y ellos entienden, pero realmente es a mi hija mayor, por ejemplo, a la que se le facilita más el inglés que el mismo dialecto".
El hombre, que trabaja en una compañía de pavimento y reside en la ciudad de Plainfield, en New Jersey, admite con melancolía que sólo cuando llegó a vivir a Estados Unidos "empecé a valorar realmente nuestra cultura indígena". Y apesadumbrado asegura: "Las personas que viven en mi pueblo lo único que quieren es la modernización, y no aprecian el verdadero significado de nuestras raíces indígenas".
"Ubicar indígenas mexicanos concentrados en un área específica del Estado Jardín no es tarea fácil", explica Carmen Salavarrieta, activista comunitaria del condado Union, quien mantiene relaciones de trabajo con personas de esa comunidad.
El sentir de los esposos Rivera no es único. Como el caso del guatemalteco Enrique Arias, para quien la proximidad de las fiestas patrias centroamericanas no tiene un gran significado, aunque sí le preocupa que su dialecto mam —según él asegura— "está en vías de extinción, sobre todo para los que vivimos aquí en Estados Unidos". Explica que "no es sencillo transmitirlo a nuestros hijos".
Para los guatemaltecos Regina Pérez, de 43 años, y su esposo Julián Huinil, de 34, residentes de la ciudad de Morristown desde hace ocho años, tampoco ha sido simple mantener viva su etnia indígena. Provenientes de San Juan Ostuncalco y Cajola, respectivamente, tratan de hablarle en mam a su pequeño hijo de 7 años.
Según explica Regina, que se dedica a los quehaceres del hogar, "él se siente más cómodo hablando en inglés o en español, aunque entiende mam, no lo habla con fluidez, más bien combina los tres idiomas".
Para ellos la verdadera celebración es la que hacen en Navidad. Además de hablar mam, tratan de preparar los platos típicos de su región para transmitir esta costumbre a su pequeño a través de la comida.
"Nosotros nos sentimos muy orgullosos de ser indígenas y no nos queremos olvidar de nuestras raíces". Sin embargo, Regina lamenta que sea muy difícil mantener las costumbres indígenas viviendo en este país.
El reverendo Tony Arias, de la iglesia Pentecostal Unida Latinoamericana de Morristown, lugar al que los domingos acuden alrededor de 150 feligreses, de los cuales 90 son de origen guatemalteco, sostiene que lo que más admira del grupo es la "inteligencia y dedicación que tienen para hacer las cosas".
Lamentando que a nivel laboral son personas "muy explotadas", un gran porcentaje de los chapines se dedica a las tareas de construcción y jardinería. El reverendo destaca que a nivel de fe "son muy creyentes, siempre hablan su dialecto entre ellos, se protegen y son muy unidos".
Por su parte Claudia Carias, coordinadora de la Comisión de la Mujer, del Movimiento Inmigrante de Guatemaltecos en Estados Unidos, (MIGUA), una organización con base en los estados de Nueva York, New Jersey, Atlanta e Illinois, explica que para los indígenas es muy difícil "mantener sus costumbres, por el mismo sistema. Algunos tratan de hacerlo hablando su dialecto en la casa o manteniendo la costumbre de cocinar las comidas típicas de sus lugares de origen".
Otro punto que cita Carias con respecto a hablar el dialecto es que los indígenas "se ven enfrentados a ser rechazados por hablar otra lengua que no sea el español. Desde Guatemala son discriminados y aquí es peor".
Aunque no existen cifras oficiales del número de guatemaltecos que viven en el área de Nueva York y New Jersey, Carias estima que se puede hablar de 300 mil personas, siendo la segunda zona de más concentración de chapines después de California. Sin embargo, no se tiene ningún número exacto sobre cuántos de ellos son indígenas.







