La sombra de Michael Jackson estuvo presente durante el fin de semana pasado en el Hollywood Bowl.
La inesperada muerte del autor de Bad fue el referente de todos los artistas que tomaron dicho escenario en las colinas de Hollywood: desde Aretha Franklin el viernes, en su regreso al Bowl en 35 años —la cantante pidió un momento de silencio, que fue sepulcralmente respetado por los presentes—, hasta Adele, la joven ganadora del Grammy que entonó unas pocas notas de Thriller en recuerdo de Jackson (seguramente las justas para no ser demandada por los celosos propietarios de los derechos de la obra del desaparecido cantante).
También fue citado por Janelle Monáe y Chaka Khan quienes, en dos actos independientes, abrieron el show de Adele (por cierto, Chaka Khan reemplazó a Etta James, la legendaria intérprete de Fools Rush In que tuvo que cancelar su intervención debido a una enfermedad).
Por supuesto, los homenajes fueron comprensibles y, aunque recibidos con aplausos por parte de la audiencia, nunca terminaron por alterar en demasía el animado espíritu de las veladas.
Aretha Franklin dejó claro por qué fue considerada por la revista Rolling Stone como la mejor cantante de la historia. Vestida como la reina del soul que es —entró en el escenario con una chaqueta de visón con cola para luego cambiarse por otra tanto o más elaborada que hasta requirió de un asistente para ayudarle a quitarse los zapatos—, Franklin entonó temas inolvidables de su repertorio como Higher and Higher (que abrió el show), Think, Respect o Chain of Fools, todos ellos durante la primera parte.
Tras un breve y anodino descanso que fue aprovechado por un grupo de bailarines brasileños para pasearse por la platea —lo que no tuvo mucha razón de ser en un concierto de Aretha Franklin...—, esta reinició su actuación conectando por fin con la audiencia y anunciando a algunos de los presentes, como el reverendo Jesse Jackson y su hijo Joseph, el actor Billy Dee Williams (The Return of the Jedi) y las actrices Halle Berry —detrás del escenario— y Angela Bassett —sentada entre el público—.
La segunda parte continuó sonando con fuerza en el Bowl, especialmente gracias a la orquesta de la cantante —integrada por alrededor de 40 músicos, la mitad de ellos en la sensacional sección de viento y cinco coristas— y al poderoso sistema de sonido; fue entonces cuando se escucharon los maravillosos Don’t Play That Song, From My Heart to Yours, As If We Never Said Goodbye (el momento para recordar de la noche) o Freeway, donde los músicos brillaron con esplendor.
Si Aretha Franklin fue capaz de vender 11,400 boletos el viernes, Adele, a sus 21 años y con sólo un CD a sus espaldas, consiguió abarrotar el Bowl con 17,374 espectadores, lo que equivale a un lleno total.
Antes que Adele sedujera a los espectadores con su inimitable voz, Janelle Monáe los entretuvo con su música ecléctica; es difícil catalogar a esta ganadora del Grammy nacida en Kansas City. Lo que no resulta tan complicado es ver en ella ajustadas dosis de originalidad musical y escénica —como cuando pintó un cuadro en unos minutos y lo regaló a un miembro de la audiencia—, que funcionó a la perfección en temas como Smile, dedicado a Michael Jackson, o el cover de I Wanna Hold Your Hand, de The Beatles.
Chaka Khan logró su objetivo: mantener el buen espíritu con su animado repertorio que, en ocasiones, resultó algo pasado de moda. Pero las notas de I’m Every Woman fueron suficientes para dejar un buen sabor de boca.
Finalmente, le tocó el turno a Adele.
Nerviosa —se olvidó de las letras de las canciones en varias ocasiones, por lo que se disculpó varias veces—, divertida —dijo sentirse "como Beyoncé, con tanta gente aquí"— e inocente —llamó a su madre por teléfono para que la audiencia la saludara—, Adele deleitó a los presentes con su extraordinaria habilidad vocal.
Secundada por los cinco miembros de su banda y la sección de cuerdas de la Orquesta del Hollywood Bowl, la ganadora de dos Grammy interpretó varios temas de su álbum —como Daydreamer y First Love, acompañada sólo por la guitarra y el piano, respectivamente, y Tired y Cold Shoulder, donde maravilló la sección de cuerdas.
También cantó tres covers: el sensacional Many Shades of Black, de The Raconteurs, el no menos extraordinario Make You Feel My Love, de Bob Dylan, y Further I Am, de Etta James, la artista que más le ha inspirado y que no pudo acompañarla en su debut en el Bowl.
La noche concluyó de forma algo precipitada con su éxito Chasing Pavements, quizá el tema menos interesante de todos, pero aún así una muestra más de su poderío vocal.
Del trío de intérpretes tradicionales británicas que han surgido durante los últimos años —Amy Winehouse, Duffy y Adele— esta es la que sin lugar a dudas está predestinada a convertirse en una de las más grandes estrellas de la música contemporánea. Lo demostró, y con creces, en el Bowl.
El pop sintético o electrónico de los ingleses VNV Nation reverberó el sábado por la noche en el Club Nokia de LA, donde la banda presentó su más reciente álbum, ‘Of Faith, Power and Glory’, a la venta desde la semana pasada.
Frente a una audiencia de la que más de un 30% era de seguidores latinos —que acostumbran siempre a apoyar grupos gótico/industriales de este tipo—, el líder Ronan Harris entonó algunos de sus temas más populares —aunque no el extraordinario ‘Forsaken’—, mezclándolos con algunas canciones nuevas, como la excelente ‘Tomorrow Never Comes’.
Y es que el CD antes citado, el quinto original, resulta un acertado regreso de Harris y su mano derecha, Mark Jackson, al estilo melódico que brilló en sus dos primeros álbumes, las obras maestras ‘Empires’ y ‘Futureperfect’; en el tercer y cuarto CD, los mediocres ‘Matter + Form’ y ‘Judgement’, VNV, como se les conoce habitualmente, reforzaron un sonido industrial basado en los ritmos persistentes —y obsesivamente perturbantes— más que en las melodías.
Afortunadamente, estas dominaron las menos de dos horas de concierto, que empezó a una muy temprana hora, alrededor de las diez de la noche, después de War Tapes, el grupo local que fue elegido por VNV para ser sus teloneros.
La voz de Harris pareció fallar en ciertos momentos —su energía en el escenario es increíble, saltando de un lado para otro y animando a los presentes a acompañarle en sus movimientos—, pero cuando fue necesario, el cantante acertó plenamente en las notas, como fue el caso de la maravillosa ‘Illusion’.
Por su parte, War Tapes apostó por su rock independiente o, como ellos prefieren definirse, su pop maldito. Resultó curioso comprobar cómo una banda de características tan dramáticamente opuestas a VNV trató de animar a los presentes con las canciones de su único álbum, el más que recomendable ‘The Continental Divide’.
Las guitarras y percusión del grupo liderado por Neil Popkin (cantante y guitarrista) y su hermana Becca (bajista) contrastó con los sintetizadores y las computadoras de VNV: canciones como ‘The Night Unfolds’ confirman que War Tapes podría convertirse en una de las bandas más representativas del panorama musical de LA.