SAN ANTONIO, Texas.— Entre fines de los años 80 hasta mediados de los 90, Juana Molina era conocida como la hija de la modelo Chunchuna Villafañe y el cantor de tangos Horacio Molina, y la protagonista de La noticia rebelde y Juana y sus hermanas, programas que la convirtieron en la comediante más famosa y elogiada de la televisión argentina.
Pero en 1996, en la cúspide de su carrera, Juana largó todo y empezó a hacer música, su primer amor. En principio, su estilo inclasificable (¿electrofolk? ¿alternativo? ¿world?) asustó a sus coterráneos, pero de inmediato cautivó a públicos y críticos que no hablaban español, incluyendo The New York Times, que eligió a Segundo como uno de los 10 mejores discos (en cualquier idioma y estilo) de 2004.
Un día, su quinto disco, salió a la venta en Estados Unidos el martes. De eso, y un poco del pasado, habló Juana por teléfono en Los Ángeles.
En ‘Un día’ están todos los elementos de los discos anteriores, pero por el lado vocal y rítmico hay cosas nuevas. ¿Fue premeditado o salió así?
Mucha gente me decía: "¡Qué bien que te vendría un baterista!", y yo decía: "¿Para qué?"; "y... para que haya ritmo...". Empecé a darme cuenta que muchos de los ritmos estaban tácitos, sobreentendidos, pero no le llegaban a todo el mundo y me daba un poco de pena y bronca. Si fuese por mí, me hubiese gustado hacer un disco para discotecas, pero yo no sé trabajar así. No tengo ni idea de programar en computadora; es un mundo que me da una pereza tan grande que sigo haciendo lo que hago.
Y yo que te imaginaba como una ‘geek’, horas frente a la computadora…
Sí, me meto, pero me meto en lo que ya conozco. Debe ser una pavada, pero es un mundo que me es absolutamente ajeno. [En mis discos] yo grabo todo y de repente muevo, o corrijo, o edito, o muevo una cosa para un lado u otro, pero es todo tocado. Para mí, la computadora es un grabador, no un hacedor de música.
Por el lado vocal, ¿la experiencia te ha dado más confianza para jugar aún más con las voces? Obviamente noto eso especialmente en ‘Un día’, la canción.
Sí, creo que los miles de shows que hice en vivo me dieron esa seguridad. Por eso la puse primero, por la letra, que explica el tema de que estoy mucho más interesada en la música que en las letras. Al final, hay cosas que solamente se pueden decir con música y, cuando las bajás a una letra, se convierten en algo muy terrenal que hace desaparecer ese lenguaje inicial que tenía.
¿Esperabas o aspirabas a este éxito, o te conformabas con tener cierto éxito local? Tengo entendido que, al principio, la recepción en Buenos Aires fue bastante fría…
Sí, al principio fue muy difícil, pero ahora me va muy bien en Argentina. Y en el resto del mundo también fue muy de a poco. No es que de golpe fue un boom. Entonces me fui acostumbrando, fue muy paulatino todo, fue un proceso de casi ocho años. Por ejemplo, acá Segundo salió en 2003, pero yo lo saqué en 2000. Entonces ya hace ocho años que Segundo sigue dando vueltas por el mundo y sigue siendo el disco favorito de muchos.
Pocos han escuchado ‘Rara’, tu primer disco, producido por Gustavo Santaolalla. Es un disco que suena totalmente diferente a tus discos posteriores. ¿Es cierto que no quedaste conforme con ese disco?
Sí. La incorporación de teclados a mí me abrió un mundo nuevo, y en la época de Rara no era parte de mi mundo personal. Pero los demos de Rara sí tienen una actitud mucho más parecida a los discos posteriores. Por eso no me sentía identificada [con Rara]. Sonaba bárbaro, pero no era yo. Me parece que hay dos canciones que están muy bien, pero después era algo que me sobrepasaba. Por ejemplo, todo lo que tenía programado en un drum machine; Gustavo medio como que lo alisó. "No, no podés hacer una batería armada con fills", me decía. Y yo no podía imponer lo que a mí me parecía porque tampoco estaba tan segura y sentía que Gustavo tenía que tener la última palabra.
Y te largaste sola…
Tabajando sola en Segundo me di cuenta que todo tenía una razón de ser. El otro día un amigo me dijo que mi manera de hacer los discos es como un bordado que se va armando de a poco. No es que tengo los hilos por un lado y el motivo por otro y después se mezcla. Yo no tengo una mezcla del disco; el disco se va mezclando a medida que lo voy haciendo. Y cada instrumento que va encontrando su nuevo lugar ahí tiene su razón de ser, su lugar y su sonido. Se va haciendo solo y el oído más o menos me va dictando qué hacer, como una comida que la vas probando mientras la cocinás. A las ensaladas les ponés el condimento al final, pero lo mío no es una ensalada.
¿Qué música estás escuchando por estas épocas?
Esa pregunta no te la voy a poder responder, porque hace tres años que no escucho absolutamente nada. Nada. Cero. Quizás escuché tanta, tanta, tanta música, de chica, adolescente y durante mi primera juventud, que con eso ya me armé mi propia escudería y estoy como saturada de la música. Como hay música en todas partes y desapareció el silencio, no aguanto. Necesito llegar a mi casa y que no haya sonido alguno. Nunca tuve un walkman, por ejemplo. Nunca me gustó la música de fondo. Mis amigos siempre se quejaban de que en mi casa nunca había música. Otros amigos dicen que soy el primer músico que conocen a quien no le gusta la música. Y no es así: me gusta demasiado. Pero cuando escucho música sólo quiero escuchar eso.
¿La tele es definitivamente una cosa del pasado?
Es una cuestión del pasado, fundamentalmente, porque cada vez que incursioné nuevamente en la actuación, me sacó por completo de la música. Es como que una va por un camino y de golpe te desviás y te perdés y tenés que volver a encontrar el camino, que de repente se cierra si no lo transitás. Una vez me ofrecieron hacer algo en el teatro por solamente un mes, buena guita [paga], y fue muy exitoso, pero me costó cuatro meses volver a concentrarme en la música. La convención dice que yo empecé tarde en esto de la música, y no quiero perder más tiempo.