En cierta forma, Green Zone adolece del mismo problema que The Ghost Writer: si este filme, el más reciente de Roman Polanski, sufre de un relato que no sorprende a cualquiera que haya seguido los titulares de los periódicos durante la última década, la cinta protagonizada por Matt Damon que se estrena hoy no debería causar ningún sobresalto a aquellos que estén informados de los motivos por los que Irak fue invadido tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.
Pero si en The Ghost Writer el espectador se puede dejar llevar de la mano experta de su responsable y las extraordinarias actuaciones de su reparto, en Green Zone la audiencia es sometida a una intensa y electrizante aventura de suspenso y acción.
Básicamente, el realizador Paul Greengrass, que dirigió a Damon en The Bourne Supremacy y The Bourne Ultimatum, traslada a Jason Bourne al país árabe y lo somete a las habituales persecuciones, peleas, intrigas y tensiones que poblaron las cintas inspiradas en el personaje creado por Robert Ludlum.
Miller (un eficaz Damon) es un oficial del ejército de EEUU que encabeza un pelotón encargado de localizar las armas de destrucción masiva que el gobierno de George W. Bush empleó como razón para su invasión en Irak y el derrocamiento de Saddam Hussein.
No obstante, cada vez que visita un lugar donde teóricamente se encuentran dichas armas, el resultado es el mismo: el vacío más absoluto.
Miller empieza a sospechar que la información que está recibiendo no es correcta, y así se lo hace saber a Clark Poundstone (excelente Greg Kinnear), representante del Pentágono, a Martin Brown (Brendan Gleeson), agente de la CIA, y a Lawrie Dayne (Amy Ryan), periodista.
En un momento determinado, cuando el soldado se pregunta si todos ellos forman parte del mismo bando, Brown le responde "no seas ingenuo".
Y esa ingenuidad lo lleva a descubrir complots, traiciones y engaños que van mucho más allá de las calles de Bagdad y alcanzan hasta la misma Casa Blanca.
No cabe la menor duda de que Paul Greengrass es un maestro en el arte de crear tensión: el último tercio de Green Zone, el mejor de la cinta cuyo título hace referencia al palacio de Hussein que fue tomado por las fuerzas occidentales, es un ejemplo extraordinario de buen cine de suspenso, una carrera contrarreloj que mantiene al espectador clavado en la butaca.
No obstante, durante los dos primeros actos, el largometraje —que está inspirado en hechos reales, aunque los nombres y algunas situaciones han sido alteradas— crea una distancia emocional con la audiencia, que surge precisamente de la previsibilidad de los acontecimientos (la imagen de George W. Bush en un televisor, a bordo del USS Abraham Lincoln, frente a un cartel que leía "misión cumplida" es hoy motivo de sorna y descrédito de su política y de este modo reaccionan la mayoría de espectadores).
De ahí que la creación de una situación propia del género del thriller (la captura de un alto mando iraquí) reste credibilidad a los estamentos políticos que dicta el guión.
Un último apunte: al igual que en los dos filmes de la serie Bourne, Greengrass insiste en su aún apasionante estilo visual habitual: cámara en constante movimiento y cortes bruscos en la edición.
Tras varios filmes apostando por tal aproximación quizás ya va siendo hora que el director inglés se plantee un cambio de registro. Es sólo una sugerencia.
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