Rubina Ali y Azharuddin Mohammad, actores de ‘Slumdog’, en foto de archivo. EFE]
1/1

Rubina fue verdaderamente consciente de la dimensión que había adquirido la película dirigida por Danny Boyle, ocho veces premiada en los Oscar, cuando se estrenó en la India; el teléfono de su padre empezó a sonar sin tregua y los encuentros con prensa y políticos se convirtieron en algo habitual.

"Hasta ahora no ha conseguido dinero, sólo fama y todo lo demás", comenta Dugar, coautora del libro.

De hecho, Rubina sigue viviendo en una diminuta chabola en su barriada mientras espera a que el gobierno regional de Maharashtra o el británico Boyle le consigan la casa que le prometieron a su familia.

Esa reivindicación queda patente en el estilo directo y pretendidamente infantil del libro, en el que participó activamente su padre para asegurarse de que se reflejase su visión adulta de la historia de su hija.

Para Rubina sólo existen palabras de admiración hacia Boyle, un hombre que, entre otras cosas, le paga el colegio en el que estudia ahora, un gesto que el editor francés del libro, Philippe Robinet, describe como "un trabajo for-midable".

El cineasta, criticado por no ayudar lo suficiente a los menores que actuaron en su película, acusó a la prensa de elevar excesivamente las expectativas de una mejora de vida para estos niños.

El dinero que Rubina y su familia ingresen por El sueño de Rubina (un anticipo de 10,000 euros —unos 14.000 dólares— más 10% de las ventas planetarias de una biografía de la que sólo en Francia se publicarán 40,000 ejemplares) lo quieren dedicar a la formación de la niña.

"Quiero aprender, ir al colegio, bailar y mejorar mi interpretación", dice con restos de maquillaje de henna en las manos una niña que empieza a hartarse de susurrarle al mundo que le debe una vida mejor que la que le ofrecen las calles de la India y que ha tenido demasiado cerca como para poder renunciar a ella de golpe.