Michael Mann está considerado uno de los mejores cineastas contemporáneos. Su cine siempre se ha caracterizado por una elegancia formal exquisita, unos diálogos de indudable inteligencia y unos personajes de sobrada madurez.
A pesar de haber dirigido sólo diez películas en 28 años, la huella que ha dejado como autor es ya imborrable, como demuestran sus obras maestras, Heat (1995) y The Insider (1999) o extraordinarias muestras de su estilo como Collateral (2004).
No obstante, por razones que escapan mi comprensión, Mann nunca ha sido reconocido al mismo nivel que otros autores como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola o Robert Altman.
El que también fuera creador de la serie Miami Vice —y que realizó su infravalorada adaptación cinematográfica hace tres años— presenta ahora Public Enemies, una de las mejores películas estrenadas en 2009 junto con State of Play.
No es causal comparar ambos largometrajes: los dos son thrillers —de muy distinta índole— dirigidos a un público adulto, que presta atención a ese detalle tan importante en una película como es el guión (ausente de las mayoría de producciones en cartel en estos momentos), que saborean buenas actuaciones (y Public Enemies contiene media docena de espléndidas) y que saben que una buena película es como el vino: no hay que apresurarse para degustarla y hay que esperar pacientemente para obtener una buena recompensa.
Public Enemies cuenta la historia del ladrón de bancos John Dillinger (Johnny Depp), quien en 1933 salió de prisión y no tardó en regresar a una vida criminal.
Eran tiempos difíciles: la Gran Depresión aún afectaba a la mayor parte del país y los atracos de Dillinger y su banda contra bancos usureros fueron vistos por muchos como actos heroicos.
Así, Dillinger acabó convirtiéndose en un Robin Hood moderno.
Pero eso no es lo que pensaba J. Edgar Hoover (Billy Crudup), el principal responsable del FBI, quien nombró a Melvin Purvis (Christian Bale) para que liderara un comando de investigadores a cargo de la caza y captura de Dillinger.
Este, mientras tanto, recorrió el medio oeste de EEUU dejando un rastro de atracos y balas... y a la vez enamorándose de Billie Frenchet (Marion Cotillard), quien le robó el corazón...
A lo largo de la proyección de Public Enemies —que está sembrada de impresionantes tiroteos y escenas de acción coreografiadas con la maestría habitual de Mann— se echa en falta una cierta conexión emocional con los personajes.
Eso no significa que uno no entienda sus motivaciones o no comparta sus esperanzas. Pero hay instantes donde la pasión es inexistente (la escena de amor entre Dillinger y Cotillard es de lo más casta y escasamente sexy).
No obstante, todo forma parte del plan del director: este se reserva para los últimos 30 segundos el golpe emocional final que convierte a Public Enemies en la extraordinaria película que es.
En ese medio minuto, un primer plano de la sensacional Marion Cotillard (la ganadora del Oscar por Ma vie en rose) resume a la perfección las intenciones de Mann: Public Enemies es una apasionante historia de amor (entre Frenchett y Dillinger), de odio (entre Hoover y el ladrón) y de admiración imposibles (entre Purvis y Dillinger).
Dejando de lado la apuesta de Michael Mann de filmar el relato con cámaras de alta definición —lo que en ocasiones resulta en una fotografía difusa y escasamente glamorosa—, el director convierte su más reciente filme en un espejo del mundo actual contando una historia clásica y, para ello, se hace acompañar de actores que raramente son vistos en esta clase de producciones.
El resultado de la mayoría de actuaciones es, por lo tanto, excelente, especialmente en los casos de Billy Crudup, Christian Bale y Stephen Lang, este como uno de los hombres de Purvis (Depp no defrauda, pero en ocasiones parece demasiado consciente de su rol estelar, como en la escena en el cine, donde se advierte a los espectadores que Dillinger podría estar sentado junto a ellos).
Clasificada R