Paulina Gaitán y Édgar Flores en una escena de ‘Sin nombre’, cinta debut de Cary Fukunaga. [Foto: Focus Features]
1/1

Es entonces cuando “Sin nombre” requiere una visión más exigente y menos benevolente con las trampas, la ingenuidad y la tipificación que contiene esa relación entre una emigrante hondureña y El Casper, un pandillero con dilemas morales que lleva tatuada una lágrima en la mejilla.

Mientras Gael García Bernal y Diego Luna en la producción vinculan el proyecto a ese cine que muerde el polvo y lo escupe en la cara del espectador, Hollywood pasa la escoba al cine-denuncia y esconde sus miserias más punzantes bajo la alfombra de la historia de amor a lo “Romeo y Julieta” trasladado a las “maras” que se lucran del trafico de emigrantes en la frontera con Estados Unidos.

En el pacto, la primera parte contratante se lleva la cuestión formal, el desenlace y un reparto de nombres poco conocidos. La segunda se reservó el dudoso condimento- almíbar, maniqueísmo y golpes de efecto.

“Sin nombre” vuelve a despertar, en consecuencia, el dilema moral sobre qué es más acertado- aligerar un conflicto tan salpicado de sangre como el de las “maras” para hacerlo más atractivo (y en consecuencia más efectivo) para el gran público o mantenerse fieles a una realidad a que sólo querrán mirar los comprometidos con la causa.

“Sin nombre” ha tenido la suerte de ser complementada con el documental de Christian Poveda “La vida loca”, que retrata a las “maras” sin concesiones con el espectador, por lo que la película de Fukunaga sale absuelta del conflicto ético de simplificar una realidad social.