Cuando Patti LuPone tomó posesión del escenario e interpretó el martes Don’t Cry for Me Argentina, el inolvidable clásico del musical Evita, el silencio en el Teatro Ahmanson fue sepulcral.
La actriz —que dio vida a Evita Perón en los escenarios de Broadway cuando la obra se estrenó en EEUU en 1979— llevó el tema compuesto por Andrew Lloyd Webber hasta lugares nunca escuchados, entonándolo con una elegancia, originalidad y exquisitez sublimes.
La ocasión fue el espectáculo An Evening with Patti Lupone and Mandy Patinkin, que recorre varias ciudades del país y que se presenta en Los Ángeles hasta el lunes.
Patinkin no sólo es un respetado actor de cine (Yentl, Dick Tracy) y televisión (Chicago Hope, Criminal Minds); también es una de las leyendas del musical. Él fue quien encarnó al Che en Evita, junto a LuPone, y él es también el director del evento.
Este supone un recorrido por diversos musicales clásicos, la mayoría de ellos norteamericanos y reconocidos por aquellos que siguen el género con devoción.
Y ahí reside el único inconveniente de An Evening: momentos extraordinarios como el citado en el primer párrafo resultan escasos durante las alrededor de dos horas de duración del show.
Si bien ambos intérpretes llevan a cabo su labor con impecables resultados, la selección musical sólo puede calificarse de discutible, al menos desde el punto de vista de una audiencia general.
Así, sólo se interpretó un tema de Evita (Mandy Patinkin no cantó ninguna canción del musical); no hubo un recuerdo a Les Miserables o Sweeney Todd (obras que pasaron a la historia gracias, en parte, a LuPone); y musicales infravalorados como The Secret Garden (que Patinkin interpretó en Broadway) o Sunset Boulevard (en el que LuPone dio vida a Norma Desmond) fueron dejados de lado.
El primer acto contó con instantes simplemente inolvidables: el primer tema fue Another Hundred People, del musical Company, que ambos cantaron con hilarante precisión; los dos, por separado, brillaron con A Cockeyed Optimist (ella) y Some Enchanted Evening (él), de South Pacific; y sus pasos de baile para Getting Married Today, también de Company causaron la inmediata aprobación de la entregada audiencia.
Cuando LuPone terminó con su rendición de Don’t Cry for Me Argentina, la impresión generalizada era que se estaba ante una ocasión única en la historia del musical: la unión de dos estrellas cuyas voces van más allá de dar en la diana de las notas para adentrarse en un mundo mágico, casi irreal.
No obstante, el segundo acto dejó mucho que desear... y no por culpa de los cantantes: uno y otro, tanto juntos o por separado, siguieron impresionando con canciones como la inolvidable Everything’s Coming Up Roses, de Gypsy, la magistral The ‘God Why Don’t You Love Me’ Blues, de Follies, y Coffe in a Cardboard Cup, de 70, Girls, 70.
Pero la insistencia en entonar temas de musicales como Merrily We Roll Along y Carousel, que escuchados hoy pecan de ingenuos y pasados de moda, dejó con la impresión final que An Evening nunca terminó de contactar con la mayoría de la audiencia.
Se hubiera agradecido un toque más humano —LuPone y Patinkin nunca se dirigieron al público— y menos elitista —el musical en Broadway, Londres y el resto del mundo le debe más a Lloyd Webber que a Stephen Sondheim, por mucho que eso les pese a los aficionados al género.