Mujer sin lÍmite
María Marín
Cuando tenía 15 años me la pasaba cansada y sin energía, me sentía como una viejita cargando un enorme saco de papas cuesta arriba. También recuerdo que mi vista estaba tan borrosa que ni una lupa corregía mi visión. Tenía una sed insaciable, poseía el apetito de una leona y orinaba cada cinco minutos. Preocupado, mi padre me llevó al médico.
Me diagnosticaron diabetes tipo juvenil o tipo 1, la más severa de todas. Para controlar la altísima cantidad de glucosa en mi sangre, me anunciaron que tendría que ponerme tres inyecciones de insulina diarias por el resto de mi vida. Me opuse a semejante escenario, tenía pánico a las agujas. Le dije a mi papá: "¡prefiero morir antes que inyectarme todos los días!".
En aquel momento, jamás imaginé que en el futuro me convertiría en la portavoz de la Asociación Americana de la Diabetes y que mi testimonio podría salvar muchas vidas.
Noviembre es el mes de Concientización de la Diabetes, y como buena vocera y buena diabética, quiero informarte de esta epidemia. Más de 23 millones de personas en los Estados Unidos la padecen. ¡Lo increíble es que uno de cada tres lo ignora!
Existen tres tipos de diabetes: tipo 1 o juvenil, tipo 2 (la más común) y gestacional (que afecta algunas mujeres durante el embarazo). Cuando la diabetes está descontrolada y los niveles de azúcar en la sangre están muy elevados, es como si un líquido corrosivo fluyera por tu cuerpo desgastando tu sistema nervioso y órganos vitales. Afecta el corazón y vasos sanguíneos causando infartos y derrames cerebrales. Daña los riñones haciendo necesario tratamientos de diálisis y en algunos casos trasplante de riñón. Produce úlceras en las extremidades que pueden terminar en amputación de los pies. Y como si esto fuera poco, genera lesiones en la retina del ojo que ocasionan ceguera.
Aun así, muchos le huyen a una prueba de glucosa y prefieren no enterarse. Algunos creen que jamás podrán volver a comer dulces o a tomar un traguito de ron. Otros piensan que la diabetes es una enfermedad terminal. Sin embargo, las personas no mueren de diabetes, sino de las complicaciones que trae esta enfermedad cuando se ignora y no se toman las precauciones necesarias para controlarla. Por eso, hoy quiero motivarte a que te hagas una prueba de glucosa.
Aunque la diabetes no tiene cura, con conocimiento y ayuda se puede prevenir, retardar y sin duda controlar. Es posible llevar una vida plena, normal y saludable aun con este padecimiento.
¡Yo soy prueba de ello! Lo he logrado por medio de una dieta balanceada, una rutina diaria de ejercicios y medicamento, pero sobre todo, ¡una actitud positiva ante la vida!
Cuando tenía 15 años me la pasaba cansada y sin energía, me sentía como una viejita cargando un enorme saco de papas cuesta arriba. También recuerdo que mi vista estaba tan borrosa que ni una lupa corregía mi visión. Tenía una sed insaciable, poseía el apetito de una leona y orinaba cada cinco minutos. Preocupado, mi padre me llevó al médico.
Me diagnosticaron diabetes tipo juvenil o tipo 1, la más severa de todas. Para controlar la altísima cantidad de glucosa en mi sangre, me anunciaron que tendría que ponerme tres inyecciones de insulina diarias por el resto de mi vida. Me opuse a semejante escenario, tenía pánico a las agujas. Le dije a mi papá: "¡prefiero morir antes que inyectarme todos los días!".
En aquel momento, jamás imaginé que en el futuro me convertiría en la portavoz de la Asociación Americana de la Diabetes y que mi testimonio podría salvar muchas vidas.
Noviembre es el mes de Concientización de la Diabetes, y como buena vocera y buena diabética, quiero informarte de esta epidemia. Más de 23 millones de personas en los Estados Unidos la padecen. ¡Lo increíble es que uno de cada tres lo ignora!
Existen tres tipos de diabetes: tipo 1 o juvenil, tipo 2 (la más común) y gestacional (que afecta algunas mujeres durante el embarazo). Cuando la diabetes está descontrolada y los niveles de azúcar en la sangre están muy elevados, es como si un líquido corrosivo fluyera por tu cuerpo desgastando tu sistema nervioso y órganos vitales. Afecta el corazón y vasos sanguíneos causando infartos y derrames cerebrales. Daña los riñones haciendo necesario tratamientos de diálisis y en algunos casos trasplante de riñón. Produce úlceras en las extremidades que pueden terminar en amputación de los pies. Y como si esto fuera poco, genera lesiones en la retina del ojo que ocasionan ceguera.