México/EFE — Y para beber, además de agua para mitigar la sed de su alma después del largo viaje desde el inframundo, Diego Rivera tendrá pulque y tequila, sus bebidas favoritas.
Complacer los gustos del fallecido homenajeado para que pueda disfrutar por unas horas de los placeres cotidianos de los vivos es la principal función que tienen los altares que presiden muchas casas mexicanas cuando se acerca el Día de Muertos (1-2 de noviembre). La única hija viva del pintor (de las dos que tuvo con Guadalupe Marín), Guadalupe Rivera, confiesa que cada año coloca en su casa un altar a su padre, que se suma a los que le ponen en numerosos museos.
La cotidianeidad con la que el mexicano ve la muerte se hace todavía más presente los últimos días de octubre y primeros de noviembre, cuando las ciudades y las casas se llenan de esqueletos, calaveras y demás elementos alusivos. Se ríen de ella, juegan, se familiarizan con ella y en estos días la tienen más presente que nunca.
Como recuerda Josefina García, directora de colecciones y servicios educativos del Museo Dolores Olmedo, en donde este año hay una exposición dedicada precisamente a los altares, este tipo de homenaje a los muertos nace en la época prehispánica.
Antes de que México fuera conquistado por los españoles, los habitantes del lugar ya pensaban que cuando alguien moría se iba su cuerpo pero seguía viva su alma y por ello se les llenaba de cosas que les fueran útiles en su otra vida.
“Con el paso de los años, aunque los indígenas las conservaron, estas tradiciones fueron perdiéndose, hasta que tiempo después salieron a la luz y se mezclaron con la religión católica”.
La tradición cristiana de celebrar el día de Todos los Santos y de los Difuntos se sumó así al hecho de hacer ofrendas a los muertos y se instauró la costumbre de colocar en cada casa mesas con altares a los seres queridos.
Aunque cada uno varía según el estado de México en el que se ponga, la forma básica de los altares se compone de dos pisos, la mesa y el suelo.
En la mesa, explica García, se colocan primero algunas cosas simbólicas como “flores, velas que iluminen el camino del inframundo hasta la ofrenda, agua para calmar la sed del difunto tras el viaje y sal que invita al convite y al disfrute”.
Además, también se ponen los alimentos y las bebidas favoritas del difunto, junto con postres típicos como los dulces cristalizados, la calabaza en tacha o las calaveras de azúcar. “Se coloca además un pan especial, una gran torta decorada con huesos y calaveras haciendo referencia al Dios de la muerte prehispánico Mictlantecuhtli”, explica García.
Por último, en el suelo se ponen semillas de aquellas cosas con las que fueron elaboradas los alimentos. “Estas ofrendas permiten a generaciones apegadas a la cuestión urbana ver otra manera de cómo se le puede rendir un homenaje plástico a la muerte”, apunta Juan Coronel Rivera, historiador, poeta y fotógrafo experto en su abuelo, Diego Rivera, tema de sus más de veinte libros publicados.
Como recuerda Coronel, su abuelo practicaba esta tradición de poner altares y él fue quien se la inculcó a su me- cenas, Dolores Olmedo, quien tras la muerte de Diego instituyó la tradición de hacer grandes ofrendas al pintor en el museo Anahuacalli.
A lo largo de su vida, Diego Rivera siempre se confesó un fiel admirador de las tradiciones prehispánicas y fue en uno de sus peores momentos, cuando su tercera esposa, la pintora Frida Kalho falleció, cuando se sumó a la costumbre de hacer ofrendas a los muertos.
Según relata la museóloga García, “cuando fallece Frida en 1954, Diego vive un periodo de depresión muy fuerte y para tranquilizarlo sus amigos lo llevan a recorrer Michoacán, la zona del lago de Pátzcuaro, en donde se hace una celebración muy particular los Días de Muertos”.
Al regresar a la capital, añade, “conversa con unos amigos y se dan cuenta de que en México cada vez se celebra menos este día y es por ello que al año siguiente decide construir por primera vez su propio altar, ayudado de su amiga Olmedo, tradición que continúa año tras año hasta su fallecimiento”.
En 1958 fue la primera vez que Diego, ya fallecido, tuvo un altar ofrecido por Olmedo, quien desde entonces tomaría la costumbre como algo particular.
Cuenta su hija y lo confirman sus obras, que Diego Rivera tenía un gran interés por el pueblo mexicano, sus tradiciones y costumbres. Es por ello que en muchos de sus murales el pintor se refirió a la muerte, por ser un tema tan impregnado en la sociedad de su país.
“El veía la estrecha relación del pueblo mexicano con la muerte y pintó alusiones en algunas obras como en “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, fresco que hoy se ubica en la Museo Mural Diego Rivera”, apuntó en entrevista con Efe su hija.
En la obra aparece el propio Diego, de niño, de la mano de la famosa Catrina, un esqueleto de mujer con pomposos ropajes, figura creada por el grabador José Guadalupe Posada para satirizar a las mujeres de la burguesía mexicana de finales del XIX que salían a pasear vestidas muy elegantes.
En opinión de Guadalupe Rivera, fue su padre quien, admirador de Posada puso de moda a raíz de este mural la figura de la Catrina, que hoy supone todo un símbolo de México. También hay alusiones a la muerte y sus circunstancias, recuerda su nieto Juan, en el segundo mural que el pintor realiza en la Secretaría de Educación Pública.
“En estos murales se ven representadas ofrendas típicas con sal, café, puros, aguardiente…”, explica Coronel.