De inmediato el personal de la Fiscalía y el Tribunal acudieron a decomisar el cargamento para entregarlo en resguardo a la Fuerza Aérea Hondureña que lo depositó en almacenes de sus instalaciones en la capital.

Enterado el Presidente de la situación, ardió en cólera e hizo un llamado a sus seguidores para que le acompañaran al rescate de tan "valioso material". En autobuses llegó el Presidente con su séquito a las instalaciones militares en donde se rompieron cadenas, se violaron cerrojos y se amedrentó al personal encargado de la custodia de boletas y materiales impresos.

Zelaya se llevó todo en camiones. Salió como triunfador, dicen quienes presenciaron la escena. Finalmente ya tenía todo lo necesario para su gran evento.

Sin perder un solo minuto, siguió con todas las acciones y organizó una cadena nacional para "enseñar", para decir a sus habitantes cómo votar.

Algunos sectores de la población ya mostraban signos de profunda preocupación por el temor de que su Presidente hubiera sucumbido al canto de las sirenas de una de las dos izquierdas que existen en América Latina, la izquierda retrógrada y populista, alejada de básicos preceptos revolucionarios.

Al mismo tiempo, los representantes de los poderes legislativo y judicial sopesaron los riesgos democráticos que los intentos del mandatario acarrearían y decidieron actuar.

Curiosamente, sin haberse realizado la anhelada encuesta, los voceros de Zelaya ya estaban seguros del triunfo y anticiparon que 2 millones y medio de personas darían el "sí" a la propuesta.

Dicho sea de paso, ningún candidato en la historia electoral hondureña ha siquiera soñado con alcanzar tal nivel de votación.

Más seguro y muy cerca de cumplir sus metas, Manuel Zelaya se fue a la cama la noche del sábado 27 de junio. Estaba más que preparado para el descanso luego de las largas jornadas que le habían permitido pasar por encima de las instituciones judiciales y haber burlado los preceptos constitucionales más sagrados.