Mientras la comunidad internacional en su conjunto, a través de organismos como la Organización de las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos (OEA), repudia abiertamente el llamado golpe de estado que costó, hasta ahora, la presidencia de Honduras a Manuel Zelaya, muchos habitantes de ese país, dentro y fuera de su territorio, sienten la frustración y la rabia de no ser escuchados, de no ser tomados en cuenta por estas naciones y sus líderes que, antes de decidir un ultimátum y una serie de sanciones, debieron hacer un análisis más profundo de los acontecimientos previos a la caída de Zelaya.
Soy fiel creyente de los preceptos democráticos y de la unión de los pueblos para hacerlos respetar, pero también, creo firmemente en la soberanía y en la libertad de los pueblos para decidir su propio futuro y para corregir a tiempo las desviaciones y violaciones que sus gobernantes cometen al amparo del poder. Éste ha sido el caso de Zelaya.
Hoy, a través de los medios de comunicación, estamos más inclinados a hacer eco de las disposiciones de los organismos internacionales, a dar espacio a las voces de líderes extranjeros que, fuera del territorio hondureño, cuestionan y critican el delicado acontecer político y social en ese país, pero en honor a la verdad, han sido pocos los que se han preocupado por difundir en este momento crucial otras voces, las voces del pueblo hondureño y las voces de otros poderes en ese país como el legislativo y el judicial, que mucho tendrían que decir, aportar y mostar a la comunidad internacional.
Antes de su destitución, Manuel Zelaya violentó las leyes de su país convocando a una consulta que a todas luces pretendía modificar la Constitución hondureña para formar, al más puro estilo Chavista, una Asamblea Nacional Constituyente con la que luego de anular los poderes, le permitiría reelegirse indefinidamente.
De esta forma, el Presidente se disponía a violar flagrantemente los artículos pétreos, irreformables, de la Constitución Hondureña que garantizan la seguridad y la estabilidad democrática de su territorio.
Los artículos 373 y 374 de la Constitución impiden reformar el periodo en que un presidente puede permanecer en el poder, prohíben la reelección, garantizan la forma de gobierno y la territorialidad. Pero eso no era suficiente para quien ya se sentía eterno en la silla presidencial.
Ante los intentos visibles de Zelaya, el Tribunal Superior Electoral se encargó de denunciar los graves errores que cometía, las denuncias fueron confirmadas y admitidas por el Poder Judicial que a su vez, emitió órdenes que prohibían al mandatario continuar con sus planes.
Es decir, el proceso para celebrar la consulta promovida por Zelaya fue declarado ilegal por la justicia ordinaria y electoral, entre otros órganos, porque el Ejecutivo no tiene facultades para convocarla. Manuel Zelaya no quiso escuchar, y luego de cambiar el nombre de consulta por el de "encuesta", recibió un nuevo revés de instituciones como el Juzgado de lo Contencioso Administrativo que prohibió llevar a cabo la consulta o cualquier evento encaminado a promover una Asamblea Nacional Constituyente.
Hasta aquí sólo eran intentos, sueños guajiros del gobernante por lograr una nueva Constitución como la de Rafael Correa en Ecuador, como la de Evo Morales en Bolivia o mejor aún, como la de Hugo Chávez en Venezuela.*Lea el editorial completo en: www.elmensajero.com.
Él lo negaba y lo sigue haciendo en los foros internacionales en donde se presenta ya depuesto, con su máscara de democracia. Pero, por supuesto, muchos sabían que sus intenciones eran muy diferentes.
Zelaya entonces pasó a los hechos y a pesar de las disposiciones legales de las instituciones hondureñas, permitió la llegada al aeropuerto de Tegucigalpa de un avión procedente de Venezuela con todas las guías y el material impreso para llevar a cabo su llamada "encuesta".
De inmediato el personal de la Fiscalía y el Tribunal acudieron a decomisar el cargamento para entregarlo en resguardo a la Fuerza Aérea Hondureña que lo depositó en almacenes de sus instalaciones en la capital.
Enterado el Presidente de la situación, ardió en cólera e hizo un llamado a sus seguidores para que le acompañaran al rescate de tan "valioso material". En autobuses llegó el Presidente con su séquito a las instalaciones militares en donde se rompieron cadenas, se violaron cerrojos y se amedrentó al personal encargado de la custodia de boletas y materiales impresos.
Zelaya se llevó todo en camiones. Salió como triunfador, dicen quienes presenciaron la escena. Finalmente ya tenía todo lo necesario para su gran evento.
Sin perder un solo minuto, siguió con todas las acciones y organizó una cadena nacional para "enseñar", para decir a sus habitantes cómo votar.
Algunos sectores de la población ya mostraban signos de profunda preocupación por el temor de que su Presidente hubiera sucumbido al canto de las sirenas de una de las dos izquierdas que existen en América Latina, la izquierda retrógrada y populista, alejada de básicos preceptos revolucionarios.
Al mismo tiempo, los representantes de los poderes legislativo y judicial sopesaron los riesgos democráticos que los intentos del mandatario acarrearían y decidieron actuar.
Curiosamente, sin haberse realizado la anhelada encuesta, los voceros de Zelaya ya estaban seguros del triunfo y anticiparon que 2 millones y medio de personas darían el "sí" a la propuesta.
Dicho sea de paso, ningún candidato en la historia electoral hondureña ha siquiera soñado con alcanzar tal nivel de votación.
Más seguro y muy cerca de cumplir sus metas, Manuel Zelaya se fue a la cama la noche del sábado 27 de junio. Estaba más que preparado para el descanso luego de las largas jornadas que le habían permitido pasar por encima de las instituciones judiciales y haber burlado los preceptos constitucionales más sagrados.
La madrugada del domingo, Zelaya fue arrancado de sus sueños y en calzoncillos fue llevado al aeropuerto en donde fue obligado a abordar el avión que lo llevaría al exilio en donde hoy continúa.
Lo demás es parte de una historia que ya conocemos.
En el caso hondureño, ¿Quién lanzo la primera piedra?
Para mí la respuesta es clara. Manuel Zelaya es hoy víctima de sus ambiciones políticas y fue él quien equivocó el camino en sus intentos por llevar a Honduras por otro sendero, uno muy diferente para el que fue democráticamente electo hace 3 años.
Si las cosas no cambian para cuando este artículo sea publicado, una comisión de cancilleres y miembros de la OEA se estará reuniendo con el nuevo gobierno hondureño. Bien haría esta delegación en revisar los archivos judiciales y electorales que dan cuenta de estos gravísimos hechos cometidos al amparo del poder.