A casi dos meses de la excitante primera semana de marzo, cuando los latinoamericanos se entusiasmaron como nunca antes por los asuntos exteriores y las crisis diplomáticas, bien vale la pena ver sus reflejos y la proyección que ese momento ha tenido y seguirá teniendo para la política exterior colombiana.
Después de padecer mucho asedio y hostigamiento en el vecindario, el resultado obtenido en la Cumbre del Grupo de Río, que fue el punto culminante de la crisis, no pudo ser mejor.
De acuerdo con una nueva estrategia internacional, consistente en barajar todas las opciones sin descartar ninguna, Colombia resolvió tomar la iniciativa, señalando un rumbo, e inspirando a la comunidad internacional con su proceder.
De un esquema de resistencia activa basado en que el presidente Álvaro Uribe se mostraba firmemente sereno (‘firmeza pasiva’), se pasó a otro en el que, siendo igualmente reposado (abrazando, apretando las manos y conciliando) actúa de manera absolutamente firme e irreductible (‘activa firmeza’).
Pero, al mismo tiempo, los colombianos se hicieron conscientes de que sólo se había superado un impasse y que resultaba necesario permanecer con los pies sobre la tierra porque, en el fondo, el problema permanecía intacto, es decir, seguía siendo exactamente el mismo.
En otras palabras, los colombianos tuvieron la firme convicción de que los presidentes Correa, Ortega y Chávez no iban, de la noche a la mañana, a dejar de ser lo que habían sido. No por los abrazos y los gestos conciliadores iban a convertirse, como por arte de magia, en diligentes y cooperadores jefes de Estado, ni iban a cambiar sus lazos de amistad con ciertas agrupaciones, y mucho menos a claudicar en sus propósitos estratégicos.
Entonces, como la nueva estrategia internacional colombiana pasó a basarse en barajar todas las opciones posibles para refrenar las amenazas, contener y disuadir a sus adversarios, tales presidentes empezaron a sentir sobre sí mismos la presión que tan encendidamente habían venido generando sobre Colombia.
Por ejemplo, una iniciativa política como la Comisión de Expertos para demandar al presidente venezolano ante la Corte Penal Internacional (CPI), demostró ser una herramienta demoledora e inquietante para él, a tal punto que su principal exigencia en la Cumbre de Santo Domingo era que el presidente Uribe desistiera de llevarlo ante la CPI.
Por eso, aunque el presidente Uribe se comprometió a no acusarlo por ahora, jamás disolvió la Comisión de Expertos, que sigue siendo un instrumento de estudio permanente para hacerle seguimiento a la conducta de los gobernantes díscolos y activar en cualquier momento la solicitud de sanciones.
Dicho de otro modo, si Chávez no modificase su conducta y siguiera colaborando intencionalmente con grupos terroristas, Colombia tendrá opciones disponibles para buscar el refrenamiento moral, político, diplomático de los regímenes transgresores, siempre inspirada en la lógica de la legítima defensa y de la exigencia en el cumplimiento de las obligaciones adquiridas por los estados.
Porque si los gobernantes impulsores de la Alternativa Bolivariana no supiesen aprovechar esta oportunidad, y siguieran en sus andanzas, la diplomacia colombiana tendría múltiples posibilidades de acción individual y colectiva para conminar a los estados hostiles a que no se entrometan en asuntos internos, no alienten a las organizaciones armadas ilegales y cooperen activamente en la lucha contra el crimen organizado.
De hecho, si el presidente Chávez ha cambiado superficialmente su forma de expresarse y aparece hoy más aplomado y aparentemente dialogante y comprensivo, es, precisamente, porque teme a las consecuencias a que puede verse sometido.
O sea, el entendimiento (el abrazo) alcanzado al superar la crisis hace un mes, se basaría claramente en el compromiso de que los países de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) no sigan promoviendo el terrorismo, y eso es algo que, más allá de la retórica, tendrá que demostrarse.
Mientras tanto, Colombia seguirá considerando todas las opciones que garanticen plenamente su seguridad y consoliden el interés nacional.
El éxito obtenido por los colombianos en sólo un mes de haber adoptado la estrategia de "activa firmeza" resulta impresionante, sin duda: desmoronamiento interno y externo de las FARC; neutralización de la ALBA en la OEA, y compromiso condicional en el Grupo de Río.
Con todo, Colombia no ha completado la tarea que apenas comienza. El país no da por cancelado el tema ni se guarece en la defensiva. Más bien, permanece vigilante, tomando la iniciativa, pero, eso sí, cuidándose de no caer en la provocación o la tentación de movilizar un solo soldado hacia la frontera para amenazar a los pueblos hermanos.
Es una estrategia de construcción activa de seguridad y paz. No desde la debilidad, ni el aislamiento, sino desde la máxima fortaleza (interna) posible... y con las mejores alianzas concebibles a nivel mundial.
Vicente Torrijos R., profesor titular de ciencia política y relaciones internacionales en la Universidad del Rosario.







