Opinión
María Antonieta Mejía
¿Cómo es posible que la elección de una sola persona pueda cambiar el estado de ánimo de una nación? Eso es lo que pasó el 4 de noviembre pasado cuando Barack Obama resultó electo presidente de Estados Unidos; el primer afroamericano en la historia de este país en llegar a la Casa Blanca.
Nada más de decirlo suena increíble. En una noche, el país pasó de la decepción a la esperanza; de la preocupación por la crisis financiera pasó a la celebración por la posibilidad de tener un futuro más promisorio que el presente.
Quizá sea exagerado decir que todo el país cambió su estado de ánimo, pero sí lo hizo la mayoría que lo llevó a la victoria. Aún antes de anunciarse de manera oficial que Obama era el ganador, el ambiente ya era de festejo porque la mayoría de las encuestas auguraban su triunfo.
La noche del martes 4, en diversas esquinas de la ciudad de San Francisco había gente parada con carteles vitoreando a Obama, la gente pasaba y tocaba el claxon como si fuera el 15 de septiembre en México o como si los Gigantes hubieran ganado la Serie Mundial de beisbol. En distintos lugares como el Yerba Buena Center for the Arts se llevaron a cabo fiestas, donde hubo música, baile y hasta lágrimas de emoción. En la Universidad de San Francisco (USF) se realizó una reunión de estudiantes que celebraron emocionados el triunfo de Obama y uno que otro expresó sentirse esa noche "orgulloso de ser estadounidense".
De aquí al día que Barack Obama asuma su cargo, el país seguirá celebrando y la luna de miel entre el presidente electo y su pueblo estará a todo lo que da; después comenzará lo difícil. Tratar de sacar adelante a un país que el presidente George W. Bush deja en un estado calamitoso.
La economía está estancada; la guerra en Irak no es una "misión cumplida", como lo declaró Bush en un franco acto de irresponsabilidad; la crisis en el sector de los bienes raíces ha dejado sin casa a muchos y ha golpeado con particular fuerza a los latinos. Hablando específicamente de los latinos, este año miles de familias han quedado separadas debido a las redadas y deportaciones que se han convertido en el pan de cada día.
Este es el panorama que le espera a Obama, de ninguna manera positivo ni fácil. Hoy nos sentimos quizá borrachos de alegría por la posibilidad de cambio, pero mañana cuando despertemos con la resaca, empezaremos a pedir resultados. Mi consejo es: tengamos un poco de paciencia, porque no va a ser fácil arreglar todos los destrozos que dejó Bush.
¿Cómo es posible que la elección de una sola persona pueda cambiar el estado de ánimo de una nación? Eso es lo que pasó el 4 de noviembre pasado cuando Barack Obama resultó electo presidente de Estados Unidos; el primer afroamericano en la historia de este país en llegar a la Casa Blanca.
Nada más de decirlo suena increíble. En una noche, el país pasó de la decepción a la esperanza; de la preocupación por la crisis financiera pasó a la celebración por la posibilidad de tener un futuro más promisorio que el presente.
Quizá sea exagerado decir que todo el país cambió su estado de ánimo, pero sí lo hizo la mayoría que lo llevó a la victoria. Aún antes de anunciarse de manera oficial que Obama era el ganador, el ambiente ya era de festejo porque la mayoría de las encuestas auguraban su triunfo.
La noche del martes 4, en diversas esquinas de la ciudad de San Francisco había gente parada con carteles vitoreando a Obama, la gente pasaba y tocaba el claxon como si fuera el 15 de septiembre en México o como si los Gigantes hubieran ganado la Serie Mundial de beisbol. En distintos lugares como el Yerba Buena Center for the Arts se llevaron a cabo fiestas, donde hubo música, baile y hasta lágrimas de emoción. En la Universidad de San Francisco (USF) se realizó una reunión de estudiantes que celebraron emocionados el triunfo de Obama y uno que otro expresó sentirse esa noche "orgulloso de ser estadounidense".
De aquí al día que Barack Obama asuma su cargo, el país seguirá celebrando y la luna de miel entre el presidente electo y su pueblo estará a todo lo que da; después comenzará lo difícil. Tratar de sacar adelante a un país que el presidente George W. Bush deja en un estado calamitoso.