Opinión
María Antonieta Mejía/ Editora de El Mensajero
La semana pasada preguntamos en nuestra sección Voces de la Bahía, si algunos residentes de la Misión sentían que había mejorado la seguridad en el barrio latino de San Francisco en comparación con el año pasado. La respuesta de las entrevistadas fue que sí. Unos días más tarde se registraron tres asesinatos.
La facilidad con la que corre la sangre en nuestro barrio es así, explosiva y yo diría que la seguridad es frágil. Ya lo vieron ustedes hace unos días. Por eso, antes de salir a la calle a celebrar la disminución en la cifra de muertos en comparación con el año pasado —como le gusta hacer a algunos funcionarios públicos— hay que ser mesurados y seguir tratando de combatir el problema de la violencia desde la raíz.
En vez de gastar dinero en hacer conferencias de prensa para decir que disminuyó la violencia, que se destinen los recursos a la educación de los jóvenes, que podrían ser potenciales víctimas o victimarios. Que no se recorten los fondos de programas que puedan ayudar a los jóvenes o a los adultos a no involucrarse en el mundo de las pandillas; o que ayuden a que quienes ya están dentro se puedan salir.
Es fácil decirlo, pero cuando uno piensa en que son personas, no números quienes mueren, a uno le duele el alma. Esta semana El Mensajero logró hablar con un ex pandillero, a quien le duele el alma porque perdió a un hermano. Ayudemos como comunidad a parar la sangre en nuestro barrio y exijamos a las autoridades locales que hagan algo, pero efectivo, para mantener la seguridad. El problema no se va a resolver nada más realizando patrullajes con chalecos antibalas o incrementando el número de policías por unos días. El problema es profundo y todos los sabemos.
Opinión
La semana pasada preguntamos en nuestra sección Voces de la Bahía, si algunos residentes de la Misión sentían que había mejorado la seguridad en el barrio latino de San Francisco en comparación con el año pasado. La respuesta de las entrevistadas fue que sí. Unos días más tarde se registraron tres asesinatos.
La facilidad con la que corre la sangre en nuestro barrio es así, explosiva y yo diría que la seguridad es frágil. Ya lo vieron ustedes hace unos días. Por eso, antes de salir a la calle a celebrar la disminución en la cifra de muertos en comparación con el año pasado —como le gusta hacer a algunos funcionarios públicos— hay que ser mesurados y seguir tratando de combatir el problema de la violencia desde la raíz.
En vez de gastar dinero en hacer conferencias de prensa para decir que disminuyó la violencia, que se destinen los recursos a la educación de los jóvenes, que podrían ser potenciales víctimas o victimarios. Que no se recorten los fondos de programas que puedan ayudar a los jóvenes o a los adultos a no involucrarse en el mundo de las pandillas; o que ayuden a que quienes ya están dentro se puedan salir.
Es fácil decirlo, pero cuando uno piensa en que son personas, no números quienes mueren, a uno le duele el alma. Esta semana El Mensajero logró hablar con un ex pandillero, a quien le duele el alma porque perdió a un hermano. Ayudemos como comunidad a parar la sangre en nuestro barrio y exijamos a las autoridades locales que hagan algo, pero efectivo, para mantener la seguridad. El problema no se va a resolver nada más realizando patrullajes con chalecos antibalas o incrementando el número de policías por unos días. El problema es profundo y todos los sabemos.